Por amor a la Patria. (I) Introducción.

En la literatura académica y en el lenguaje corriente, “amor a la patria” y “lealtad a la nación”, patriotismo y nacionalismo, son utilizados como sinónimos, pero pueden y deben ser diferenciados. El lenguaje del patriotismo ha sido utilizado a través de los siglos para fortalecer el amor hacia las instituciones políticas y la forma de vida que defiende la libertad común de la gente, es decir, el amor a la cosa pública; el lenguaje del nacionalismo se fraguó a finales del siglo XVIII en Europa para defender o reforzar la unidad y homogeneidad cultural, lingüística y étnica de un pueblo. Mientras que los enemigos del patriotismo son la tiranía, el despotismo y la corrupción, los enemigos del nacionalismo son la contaminación cultural, la heterogeneidad, la impureza racial y la desunión social, política e intelectual.
Esto no quiere decir que los grandes patriotas pasaran por alto o despreciaran la cultura, el origen étnico, la lengua y las tradiciones populares. Incluso los teóricos que querían marcar lo más claramente posible la diferencia entre los valores políticos de la cosa pública y la esfera de etnicidad y cultura siempre se referían a la república como a la libertad común de un grupo particular de gente con orígenes y cultura particulares. La diferencia crucial reside en la prioridad de énfasis: para los patriotas, el valor principal es la república y la forma de vida libre que ésta permite; para los nacionalistas, los valores primordiales son la unidad espiritual y cultural del pueblo. En los escritos de los padres del nacionalismo moderno, la república es rechazada o considerada como un hecho de importancia secundaria. Los patriotas y los nacionalistas no sólo han recomendado diferentes ideales como objeto de nuestro amor: la república en el caso de los patriotas, la nación como unidad espiritual y cultural en el caso de los nacionalistas; también se han esforzado en inculcar o fortalecer en nosotros diferentes tipos de amor; un amor caritativo y generoso en el caso del patriotismo, una lealtad incondicional o una adhesión exclusiva en el caso de los nacionalistas.
Históricamente, patriotismo también ha significado lealtad al monarca, y, asimismo, el lenguaje del patriotismo se ha utilizado para oprimir, discriminar y conquistar; para apoyar la lucha por la libertad el ideal de nación y la unidad cultural y espiritual de un pueblo. La distinción que Maurizio Viroli sugiere es una pobre representación de una rica historia intelectual y política creada a partir de muchos relatos localizados y extremadamente contextualizados, contados a través de los siglos, sobre el amor a un país. Sin embargo, a pesar de todas las similitudes y matices, se puede identificar un lenguaje del patriotismo que lo ha sido de la libertad común, que es sustancialmente diferente del lenguaje nacionalista de singularidad, unicidad y homogeneidad.
Se han hecho esfuerzos para separar el patriotismo del nacionalismo, pero no han logrado expresar esta diferencia adecuadamente. Así lo intentó George Orwell:
“El nacionalismo no debe confundirse con el patriotismo. Ambas palabras a menudo son utilizadas de forma tan vaga que se puede discutir cualquier definición, pero se las debe diferenciar, ya que representan dos ideas diferentes e incluso opuestas. Por “patriotismo” me refiero a la devoción a un lugar y a un modo de vida en particular que uno cree el mejor en el mundo pero que no se tiene del deseo de poder. El ineludible propósito de todo nacionalista es asegurar más poder y más prestigio, no para él, pero sí para la nación u otra unidad en la que ha decidido sumir su individualidad”.
La definición de Orwell identifica las más importantes características del patriotismo y el nacionalismo, pero éstas también son engañosas. Los paladines del patriotismo no lo han entendido como una forma de devoción; más bien hablaban de respeto, caridad y compasión. La diferencia no es puramente terminológica, sino que atañe a una diferente interpretación de las pasiones que constituyen el centro del patriotismo: para el patriota, el objeto de compasión y amor era la república y la posibilidad de vivir en libertad en un lugar particular. En cuanto al nacionalismo, definirlo como deseo de poder para la nación es válido para muchos pensadores nacionalistas, pero sería inapropiado, por ejemplo, para un nacionalista destacado como Herder.
Observaciones parecidas pueden aplicarse a la diferencia sugerida por Karl Deuttsch:
“El patriotismo es un esfuerzo o una disposición para promover los intereses de todas las personas nacidas o que viven en la misma patria, o país, mientras que el nacionalismo tiene el propósito de promover los intereses de todos los pertenecientes a la misma natio; es decir, literalmente, un grupo de la misma descendencia y educación; es decir, de hábitos de comunicación complementarios. El patriotismo apela a todos los residentes de un grupo étnico, sin tener en cuenta su origen étnico. El patriotismo basado en el principio de residencia surge con frecuencia en las primeras etapas de la movilización económica y social, tal como se dio en Europa durante la época mercantilista y hasta mediados del siglo XIX. A medida que progresa la movilización e implica a masas crecientes de la población en una competitividad más intensa y en una mayor inseguridad política , el patriotismo es sustituido por el nacionalismo, que se basa en más íntimas y lentamente cambiantes características personales y en los hábitos comunicativos de cada individuo”.
Situar el patriotismo en el periodo entre la tardía era mercantil y mediados del siglo XIX y presentar el nacionalismo como conectado a un periodo más amplio caracterizado por una competencia más intensa y una mayor inseguridad política es un error histórico, ya que existen textos que defienden y preconizan el patriotismo escritos en tiempos de gran inseguridad política, avanzada ya la segunda mitad del siglo XIX.
En lugar de intentar forjar definiciones científicas sobre la naturaleza del patriotismo y el nacionalismo, debemos intentar entender lo que los académicos, agitadores, poetas y profetas han querido expresar cuando hablaban de amor a una patria. Necesitamos más interpretación histórica que teorías científicas para descubrir y comprender el significado de los temas, las metáforas, alusiones, exhortaciones e invectivas que el lenguaje del patriotismo ha ido creando a través de los siglos para sostener o revocar, o amortiguar, o inflamar, o reavivar un rico y vivaz universo de pasiones. La aproximación histórica puede, sin duda, sólo ayudarnos a descubrir significados localizados. En el mejor de los casos, puede permitirnos subrayar una tradición basada en términos recurrentes con significados similares. Aunque fragmentadas e incompletas, las historias de amor a un país, de amor a la libertad y amor a la unidad, de patriotas que narran experiencias de exilio moral y político, de historiadores que intentan reconstruir el pasado con la intención de transformar la identidad cultural de la nación, de filósofos que investigan posibles transformaciones alquímicas de las pasiones de amor y orgullo, de respeto, compasión, caridad, odio, miedo y resentimiento, nos dicen más que los modelos, teorías y definiciones.
Enrique Area Sacristán.
Teniente Coronel de Infantería.
Doctor por la Universidad de Salamanca.

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