La crisis de la identidad nacional. ¿Quiénes somos?.

Las banderas posteriores a la aprobación de la Constitución del 78 eran símbolos de España, pero no expresaban ningún significado concreto de lo que es España como Nación. El mensaje visual explicito de la bandera roja y gualda es, simplemente, el de una España que contaba originalmente con un gobierno central heredado de la entronación de los Borbones que acabó con el Estado federal y descentralizado de los Austrias y de la percepción imaginaria de representar en determinadas Comunidades o nacionalidades, como se define en la Constitución, el enemigo de su cultura, raza, etnia, política, riqueza y valores propios. La proliferación de banderas posterior a la Carta Magna podría muy bien ser una prueba tanto de la prominencia intensificada de estos nacionalismos separatistas como de la incertidumbre acerca de la sustancia de la identidad de los españoles. Si bien la prominencia de la identidad en Cataluña y Basconia puede variar drásticamente en función de la intensidad de lo que ellos perciben como amenazas externas para su cultura, la sustancia de la identidad de estas regiones se ha ido conformando lentamente y, de un modo más fundamental, a través de una amplia variedad de tendencias sociales, económicas y políticas a largo plazo, confrontadas a menudo entre sí. Los aspectos cruciales de la sustancia de la identidad española de 1978 no desapareció al día siguiente de la aprobación de la Constitución.

“Nosotros, los españoles” nos enfrentamos a un problema sustantivo de identidad nacional personificado en esa misma expresión. ¿Somos un “nosotros”, un pueblo, o varios? Si somos un “nosotros”, ¿qué nos diferencia de los diversos “ellos” que no son “nosotros”? ¿La raza, la religión, la etnia, los valores, la cultura, la riqueza, la política o qué? ¿Es España, como algunos sostienen, una nación universal, basada en los valores comunes que fundamentaron el Imperio bajo la cristiandad tanto en hispano américa como en Europa? ¿O acaso somos únicos, con una civilización característica propia, tal como sostienen otros, y que se ha argumentado a lo largo de la historia desde la creación de la provincia romana de Hispania? ¿Somos básicamente una comunidad política cuya única identidad es la que se hace presente en la Carta Magna del 78? ¿Somos multiculturales, biculturales o uniculturales, un mosaico o un crisol? ¿Tenemos alguna identidad significativa como nación que trasciende nuestras identidades subnacionales étnicas, religiosas y raciales?. Todas estas preguntas son, en parte, retóricas, pero son también preguntas que tienen implicaciones profundas para la sociedad y el sistema político español a nivel nacional e internacional en un mundo globalizado. En la última década, los españoles hemos asistido a intensos debates en torno a la inmigración, al multiculturalismo y la diversidad, las relaciones raciales y la acción afirmativa, la religión en el ámbito público, la educación bilingue, los curriculos escolares y universitarios, el rezo en las escuelas y el aborto, el significado de la ciudadanía y la nacionalidad. En todos estos temas subyace la cuestión de la identidad nacional. No hay prácticamente ningún posicionamiento en cualquiera de esos debates que no parta de sus propios supuestos a propósito de dicha identidad.

El problema identitario de España es específico, pero no es la única nación que tiene un problema de identidad. Los debates en torno a la identidad nacional son una característica omnipresente de nuestro tiempo. En casi todas partes, ha habido personas que han cuestionado, reconsiderado y redefinido lo que tienen en común y lo que les distingue de otras personas: ¿quiénes somos?, ¿cuál es nuestro sitio?.

La modernización, el desarrollo económico, la urbanización y la globalización han llevado a las personas a replantearse sus identidades y a redefinirlas en términos más limitados, más íntimos, más comunales. Se da preferencia a las identidades subnacionales de carácter cultural y regional por encima de identidades nacionales más amplias. Las personas se identifican con quienes se parecen más a ellas y con aquellos con quienes comparten una etnía que perciben como común, o una religión, unas tradiciones y un mito de una ascendencia y una historia también comunes. En España, esta fragmentación de la identidad se manifiesta ahora en el auge de los nacionalismos secesionistas, catalanes y vascos, de movimientos subnacionales que reclaman reconocimiento político, autonomía e independencia. Pero entre estos movimientos, netamente españoles, podemos incluir otros ejemplos que los representan como los quebequeses, los flamencos, los lombardos, los corsos, los kurdos, los kosovares, los bereberes, los chiapanecos, los chechenos, los palestinos, los tibetanos, los musulmanes de Mindanao, los cristianos sudaneses, los abjasianos, los tamiles, los acehanos, los timoreses orientales y otros.

No obstante, ese estrechamiento de las identidades en un determinado plano ha venido acompañado de un ensanchamiento de la identidad a otro nivel: a medida que se incrementan las interaciones de unas personas con otras de culturas y civilizaciones muy diferentes, esas mismas personas son capaces de identificarse con individuos geográficamente distantes, pero con lenguas, religiones o culturas similares, gracias a los modernos medios de comunicación. La aparición de una identidad supranacional más amplia ha sido especialmente evidente en Europa, donde su surgimiento refuerza el estrechamiento simultáneo de otras identidades. Los escoceses se conciben a sí mismos cada vez más como escoceses y menos como británicos, porque también pueden considerarse europeos. Su identidad escocesa está arraigada en su identidad europea. Y esto es igualmente cierto en el caso de los vascos, catalanes y otros.

Una dialéctica relacionada con la anterior ha sido la de la mezcla y el agrupamiento, la interacción y la separación de los grupos comunales. Las migraciones masivas, tanto temporales como permanentes, han ido entremezclando cada vez más a pueblos de diversas razas y culturas. Gracias a los medios de comunicación y a los medios de transporte modernos, estos emigrantes han podido seguir formando parte de su cultura y de su comunidad originales. Su identidad, pues, no es tanto la de emigrantes como la de miembros de una diáspora , es decir, de una comunidad cultural transnacional y transestatal. Se mezclan con otros pueblos a la vez que se agrupan con otros miembros del suyo propio complicando sobremanera la asimilación por parte de las naciones receptoras como es el caso de argelinos y marroquies en Francia, por dar un ejemplo del todo contundente.

Enrique Area Sacristán.

Teniente Coronel de Infantería.

Doctor por la Universidad de Salamanca.

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