Los dichos del vino: “Entre Pinto y Valdemoro”

La borrachera es la manifestación más visible e inmediata de los efectos que el exceso de alcohol puede causar. En la actualidad empleamos la locución andar/estar [alguien ] entre Pinto y Valdemoro para caracterizar a la persona que vacila entre dos cosas u opiniones, o adopta una actitud ecléctica que no es ni lo uno ni lo otro. También se aplica al que está medio borracho, pues éste es precisamente su origen. Según Iribarren, «hubo un borrachín, medio tonto, que solía ir por las tardes con algunos amigos a las afueras del pueblo, y en cuanto llegaba al regato o arroyo que divide ambos términos, se divertía en saltarlo, diciendo a cada salto: ‘Ahora estoy en Pinto’, ‘Ahora estoy en Valdemoro’. En una de esas cayó al fondo del riachuelo y exclamó: ‘Ahora estoy entre Pinto y Valdemoro’». Curiosamente, refrenda esta explicación la tendencia a identifcar metafóricamente la borrachera con un movimiento corporal involuntario (Pamies, Lozano y Aguilera): andar de medio lado, ir haciendo eses, ir abrazando farolas, faltarle a uno acera, ir a trompicones, etc.

No obstante, los peligros de dicho exceso van más allá, pues son considerados por la sabiduría popular como un síntoma del pecado, equiparable al desenfreno sexual o al consumo de tabaco, y por eso se acuñaron diversos refranes al respecto: La mujer y el vino sacan al hombre de tino; La mujer y el vino engañan al más fino; Amor de ramera y vino de frasco, a la mañana dulce y a la tarde amargo; Tabaco, vino y mujer echan al hombre a perder. Más aún, incluso se considera que el vino es la puerta por la que penetra cualquier vicio: Donde entra mucho vino, todos los vicios hacen camino. Uno de ellos es el de no pagar la cuenta, por ello el saber popular nos recuerda que Quien mucho bebe, tarde paga lo que debe, y así en algunos bares y tabernas antiguas reza la advertencia Quien bebe para olvidar, que pague antes de empezar. Aun a riesgo de embriagarse, dado que, como estamos comprobando, el vino es un bien tan preciado, al tomar un vaso cabe apurarlo hasta la última gota, aunque no esté bien visto por ir contra las normas de urbanidad y buenas maneras. De ahí nace la expresión Hasta verte, Jesús mío (o Hasta verte, Cristo mío): como afirma Iribarren, «en los refectorios conventuales se daba a cada fraile su ración de agua y vino en sendos cuencos o tazones de barro de Talavera, al fondo de los cuales solía estar pintado, ya el escudo de la orden, ya algún versículo sagrado, y más generalmente el monograma I. H. S. Alude a los frailes que apuraban todo el líquido hasta que no quedaba gota que les impidiera ver el nombre de Cristo pintado en el fondo del cuenco». Más adelante, como señala Julio Casares se extendió a los bebedores en general: «Antiguamente solía haber en todas las casas vasos o jarros en cuyo fondo se leía la cifra I. H. S. (Jesús) y cuando un bebedor se disponía a apurar el líquido contenido en tales vasijas, generalmente vino, hasta que quedase visible la citada inscripción, decía en tono familiar: Hasta verte, Jesús mío.» Con estos datos se comprenden también otras paremias como la de Beber a codo alzado, hasta ver las armas del malogrado.

En definitiva, el vino está muy presente en nuestra cultura y por ello se deja ver en gran cantidad de expresiones que reflejan el saber popular y que son transmitidas de forma oral. Los refranes encierran pensamientos a veces contradictorios pero que se adecuan perfectamente a todo tipo de situaciones de la vida cotidiana y a las múltiples facetas del ser humano.

Enrique Area Sacristán.

Teniente Coronel de Infantería.

Doctor por la Universidad de Salamanca.

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