España, un nuevo tiempo.

España vive un nuevo tiempo en relación con la organización y con el debate de ordenación territorial o, mejor dicho, con la crisis de la organización territorial que no es otra cosa que el enfrentamiento político entre aquellos que quieren independizarse y los que quieren mantener la unidad de España. La España de 2019 no es la de 1978, ni siquiera la de 1996, cuando los conservadores de José María Aznar necesitaron el apoyo de los nacionalistas. Los populares pasaron de gritar: “Pujol, enano, habla castellano” a afirmar sin ningún pudor que “hablaban catalán en la intimidad”.

España era, hasta el gobierno de Rodríguez Zapatero, una democracia plena y un país moderno donde sus ciudadanos eran libres e iguales y ejercían plenamente sus derechos. Como resultado de las dejaciones de este Presidente en materia territorial, como el nuevo Estatuto de Autonomía en Cataluña, y la elaboración e impulso de una Ley “damnatio memoriae” que ha dado pie a derogar leyes, dinamitar monumentos, prohibir casi mencionar los nombres de los condenados al olvido, profanar sus tumbas…, los nuevos poderes actuales no pueden permitir, en palabras de Nuño Rodriguez, politólogo, que sus predecesores lejanos, triunfadores de la guerra fratricida de 1936, enemigos en el campo de batalla, sigan influyendo tras su muerte en la mente social a través de su legado social, legislativo o arquitectónico. “La Ley de la memoria histórica no es sino una repetición de las leyes romanas de la damnatio memoriae, llevada a su máxima expresión por medios de la propaganda mediática y los resortes del estado moderno”. La España de Franco les provoca repulsa, vergüenza y, lo que es peor, odio y una necesidad de revanchismo insano para una nación que ya había asimilado estos sucesos como propios de la historia de España.

La España de finales del Siglo XX y principios del XXI provocaba respeto y atracción. Los españoles no eran ajenos a esta situación y se sentían orgullosos de ella. Hoy día, el conflicto catalán y el vasco enturbian la estabilidad de España política y territorialmente, creando cismas y fracturas sociales en estos territorios que, no me cabe ninguna duda, pueden pasar a ser conflictos internacionalizados.

Con todos los errores cometidos, con los tremendos casos de corrupción a derecha e izquierda, el estallido de la burbuja inmobiliaria y con el eterno problema del paro siempre por delante, la sociedad española ha hecho también cosas muy fructuosas motivo de orgullo nacional. Ningún país del mundo ha conseguido montar un sistema de sanidad público como el español. No existen infraestructuras ni transportes públicos como los españoles en ningún otro lugar. Cientos de empresas españolas se han internacionalizado y operan fuera de nuestras fronteras, muchas de ellas son sinónimo de prestigio, calidad y seriedad en los países donde operan. Los deportistas españoles son conocidos y admirados en los rincones más recónditos del planeta. La seguridad ciudadana de los españoles es envidiada por la mayoría de los ciudadanos de la mayoría del resto de los países donde millones de personas no pueden disfrutar de sus vidas cotidianas debido a la violencia creciente y la delincuencia generalizada.

No en vano, España es el segundo país más visitado del mundo y cientos de miles de europeos sueñan con pasar en él su jubilación, porque cuando pueden elegir, eligen nuestra Nación.

Aún así, la sociedad española duda de todo en lo más duro del process y la más que previsible activación por simpatía del problema vasco-navarro.

Torpedear el modelo autonómico, desde la izquierda con el confederalismo de nación de naciones, y desde la derecha con la centralización uniformadora, puede ser un grave error que están cometiendo quienes compiten burdamente por sentarse en el sillón sin tener en cuenta que la propia Constitución abriga la posibilidad de ceder materias a las Comunidades o centralizarlas, sin ninguna necesidad de modificar la Ley de leyes.

Apostar por el nacionalismo, el independentismo o la autodeterminación son errores históricos cometidos por minorías relativas en España pero que son mayorías en las Regiones donde se dan estas ideologías políticas, que coinciden geográficamente con los lugares donde se dieron los movimientos carlistas. En el caso de los que se consideran progresistas constituye, además, una grave confusión ideológica y una contradicción en los términos que resulta irresoluble.

No identificarse plenamente con la España pasada, aún más con la presente, con sus símbolos, su cultura, su historia y también su integridad territorial es también un grave error para una izquierda democrática y con vocación de mayoría. No solo porque la España moderna es también obra, en gran parte, de la izquierda sino porque la mayoría de los españoles aman su país y se sienten españoles sin ser nacionalistas excluyentes, ni franquistas, ni recentralizadores.

Enrique Area Sacristán.

Teniente Coronel de Infantería.

Doctor por la Universidad de Salamanca.

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