«Ver es creer lo que el grupo nos dice que creamos»

La ciudadanía, en un contexto de democracia radical, no puede ser solamente justificada como el ejercicio público de determinados derechos o la defensa de determinados intereses. La ciudadanía ha de suponer la consideración de cada hombre y mujer como parte constitutiva de la sociedad y sujetos activos de su desarrollo pues no es sólo la participación en la esfera pública discursiva o el apropiado ejercicio de la razón (instrumental o comunicativa) lo que hace a los hombres iguales y libres, sino el hecho de que “es la humanidad, no el hombre, quien vive en la tierra y habita el mundo” (Arendt,1998). Las teorías de Asch sobre todos estos temas nos ayudarán a comprender como el influjo mayoritario atenta a la libertad de pensamiento individual.

“Mil millones de moscas no pueden equivocarse: coma caca. “Seguro que ha escuchado en alguna ocasión este curioso eslogan, que es mucho más profundo de lo que sugiere la, en apariencia, simple ironía presente a primera vista. El significado es evidente, aunque no solemos tenerlo en cuenta: el hecho de que un número elevado de personas-quizá el planeta entero-defienda una idea o una opinión no quiere decir que esa idea u opinión sea buena.

La verdad no está necesariamente en las mayorías. De hecho, añadiría yo, no suele estarlo. Una de las mejores novelas de terror que he leído se titula Soy Leyenda, ahora pasada al género del cine, de Richard Matheson. En realidad, está a medio camino entre el terror y la ciencia ficción. Cuenta la historia de un mundo post-apocalipsis, cuando la mayoría de la Humanidad ha muerto víctima de una plaga desatada por un arma biológica. Los patéticos supervivientes deambulan por los restos de la gran ciudad, ahora desértica, víctimas de los efectos secundarios de la enfermedad que les ha convertido prácticamente en vampiros obligándoles a vivir de noche y agrupados en una especie de culto siniestro y anticientífico.

El protagonista es justo un hombre de ciencia que, por razones que desconoce, no se ha visto afectado y por tanto se ha convertido en el único ser humano que continúa siendo normal a pesar de la catástrofe. La angustia y el drama de este hombre es que, siendo como es la única persona corriente que queda, en la nueva sociedad creada tras el desastre biológico, en realidad es un monstruo y un anormal, una bestia que es preciso cazar y destruir para tranquilizar al grupo mayoritario. ¿Exageración? Estamos acostumbrados a escuchar frases como éstas: “si todo el mundo lo dice, por algo será”, “no vas a ser tú el único que tenga razón yendo contra corriente”, “la mayoría representa la suma del conocimiento de mucha gente y por tanto sabe siempre más que el individuo solo”, “cómo vas a decir, pensar, opinar, defender…, esa cuestión, si la mayoría cree otra cosa distinta”. ¿Le suena? Un psicólogo llamado Solomon Asch realizó una serie de curiosos experimentos durante los años cincuenta del siglo pasado en el curso de los cuales se mostraba un par de cartas a un grupo de 11 sujetos. Este grupo estaba trucado, porque 7 de sus integrantes eran colaboradores de Asch y tenían la instrucción concreta de expresar su opinión antes de que lo hicieran los otros 4, que eran el verdadero objeto de estudio y creían que todas las demás personas contestaban de manera independiente, como ellas. Los colaboradores nunca contaban su verdadera impresión sino lo que previamente a puerta cerrada se les habían ordenado que dijeran. En la primera carta se mostraba una línea vertical.

En la segunda, había tres líneas, una de ellas con la misma longitud que la de la primera carta. A continuación, se pedía a los sujetos que dijeran qué dos líneas les parecían iguales. En ocasiones, Asch dirigía a los colaboradores para que contestaran mal a propósito. Y luego observaba las respuestas de las personas que respondían libremente. O que creían responder libremente…, porque comprobó que 3 de los 4 coincidían con las respuestas erróneas dadas por los colaboradores en al menos una ocasión. Uno de cada cuatro coincidía en la mitad de las veces. Asch había demostrado científicamente la influencia determinante del grupo en las opiniones, y por tanto en las decisiones, en teoría individuales del ser humano. Sin embargo, falleció en 1996 sin haber conseguido desvelar el siguiente interrogante: aquéllos que se dejaban guiar por la opinión mayoritaria, que se mecían en brazos del llamado conformismo social, ¿lo hacían a sabiendas de que las respuestas eran incorrectas o realmente la presión ajena alteraba de alguna forma su capacidad de percepción y juicio de la realidad? Hace unos años, un grupo de investigadores norteamericanos dirigidos por Gregory Berns, psiquiatra y neurocientífico de la Universidad de Emory, en Atlanta, ha actualizado la experiencia de este psicólogo a través de una tecnología de la que él nunca llegó a disponer: una serie de escáneres de imagen por resonancia magnética que pueden observar el cerebro en funcionamiento. Y sus descubrimientos son enormemente interesantes.

En la versión actualizada de la investigación, participaron 32 voluntarios a los que se les mostró unas imágenes tridimensionales y se les pidió que las rotaran mentalmente para determinar si eran o no iguales. Mientras esperaban su turno, los sujetos conocieron a cuatro personas: en teoría, también voluntarias para el experimento; en realidad, los colaboradores del equipo de Berns, dispuestos a falsear las respuestas según las indicaciones previas. Después, cada participante entraba por turno en la máquina de resonancia magnética para captar una fotografía del proceso de reflexión. Antes de solicitar las respuestas a cada sujeto, se le mostraba las que habían dado los demás e, incluso, se les decía que algunas de las contestaciones habían sido facilitadas por un ordenador-se supone que se hizo así para asegurar que la presión social estaba ejerciendo efecto-y.…, sucedió exactamente como en los experimentos de Solomon Asch. Según los datos de la investigación, los sujetos secundaron las respuestas erróneas impuestas por el grupo en una media superior al 40 por ciento. Y con el dato añadido de que no hace falta que los colaboradores sean mayoría en el grupo para imponer su opinión. Basta con que se muestren seguros de esta y la expresen con convicción y antes que los demás. En esta experiencia, también se comprobó que el conformismo social aparece en el cerebro como una actividad típica de ciertas regiones que están enteramente destinadas a la percepción, pero la independencia de criterios urge en aquéllas específicamente implicadas en la emoción. Esto es, uno mantiene su propio camino mientras crea sincera y personalmente en él. Por supuesto, esta decisión puede suponer un coste personal de cierta relevancia, en términos de inseguridad o temor ante el futuro. En todo caso, Berns lo tiene bastante claro: “nos gusta pensar que ver es creer, pero estos experimentos demuestran más bien que ver es creer lo que el grupo nos dice que creamos”.

Enrique Area Sacristán.

Teniente Coronel de Infantería.

Doctor por la Universidad de Salamanca.

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