¡No es suficiente señalar el hecho¡ ¡Hay que atajarlo¡

Se dice, con certeza que no deja de tener cierto amargor, que cualquiera puede llegar a ocupar un alto cargo en la administración como responsable de la gestión y dirección de áreas de la vida económica y social de la nación de vital importancia; algo se ha de decir por lo que se refiere a la provisión de semejantes cargos por lo que se refiere a cual debe ser el principio inspirador, la anulación de los intereses particulares y partidistas ante el interés general. Pocos principios son tan desconocidos en la España actual como éste: todos estos personajillos, sin ninguna preparación intelectual y cultural, piensan en su propia conveniencia antes que en la de la colectividad a que pertenece, porque el sentido de la disciplina social está completamente oscurecido, y las instituciones, que no son más que la reducción y el sostén de la sociedad, sufre la repercusión de tan detestables costumbres.

En los inicios de mi vida militar, como Capitán, he visto compañeros lo suficientemente desinteresados como para presentar sus mejores soldados cuando se le pedían candidatos para un empleo de importancia para el servicio general; y, en cambio, he escuchado protestas y lamentaciones de esos mismos cuando alguien se incorporaba a su unidad para satisfacer las necesidades de la colectividad. Hay quien disimula las faltas que sus subordinados cometen contra los intereses de España, aunque sean ministros, que no duda, para desprenderse de la responsabilidad que le estorba, y hasta ha retrasado la entrega de pruebas al poder judicial para desenmascarar alguna tropelía grave con repercusiones internacionales para no privarse de sus deshonestos servicios.

Es preciso sustraerse a todas estas pasiones y marcarse una línea de conducta invariable; los intereses personales de los hombres y de los partidos deben ceder el paso a los de interés general. Pero muchas veces se invoca este principio para impedir que salga a la luz pública un hecho delictivo porque tiene en la administración un cargo interesante, tales como ministro o Secretario de Estado o Director general; este proceder es de un egoísmo tanto más injustificado cuanto que una administración bien lubricada no debe perder su eficiencia porque se la prive de algún hombre, por interesante para los intereses particulares y de partido, y cuanto, para ella y para su buen funcionamiento, no son indispensables las grandes capacidades de tergiversar, mentir, vilipendiar,  vituperar…, bastan  las medianías de buena voluntad que ya superan a las inferiores nobles capacidades, si no fueran delincuentes, de aquellos; y siendo así, es bien poco razonable que a un hombre por el hecho de tener capacidades nobles se le prive de lo que pueda ser para él una comodidad intelectual o una conveniencia para los provechos de España sin dejar de tener espíritu de servicio.

Especialmente grave considero que se fomente en la sociedad por parte de los responsables de ciertos ministerios dirigidos por personas incapaces y rencorosas la interrupción de las relaciones en la familia entre sexos complementarios, y entre sus hijos y éstos, en beneficio de una Ley de que la constitución del mismo ministerio, todas de un mismo sexo “tradicional” pero alguna de tendencias sexuales o asexuales enfermizas o anómalas, incumple; es una conveniencia el mantenimiento de estos lazos que retienen, muchas veces, a los que se sienten atraídos hacia una manera de proceder poco correcta o hacia una propaganda peligrosa desde el punto de vista social para mantener el deseado equilibrio general. Si se acierta a inculcar el amor a la verdad, se conseguirá evitar que, en su correspondencia, exagerando las cosas, se haga eco la sociedad de las murmuraciones que aparecen en redes sociales, o se dé rienda suelta al pesimismo con lamentaciones y quejas que aún sabiéndolas exageradas o no sinceras, acaban por envolver a España en una atmósfera malsana.

Parece conciliarse mal esta tendencia de los hombres, dicho en términos generales, que acusa de una especie de hostilidad hacia los varones por parte de una fracción de ellas, con el hecho que cualquiera puede comprobar repetidas veces de que, en cambio, cuando se presenta ocasión de relacionarse con ellos, en determinados puestos de trabajo, o en la vida diaria, se olvidan fácil y voluntariamente de su origen de género para comportarse en forma que para ellas sería doloroso si se volvieran las tornas. Este hecho que, no solo hay que señalar, sino atajar, es bien representativo de la inconsistencia característica de las ideas de las feminazis que vienen a filas por goteo, nombradas por machos progres interesados en tratos propios de la época de Sodoma y Gomorra, porque generalmente suelen ser incapaces y poco preparadas intelectualmente, horrendas físicamente, sucias y rencorosas, antítesis de la lascivia, todo lo que repele la pureza y la mejor garantía del éxito que puede obtenerse con un método racional de educación.

Enrique Area Sacristán.

Teniente Coronel de Infantería.

Doctor por la Universidad de Salamanca.

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