Sobre el liderazgo

Es preciso tener en cuenta que la actitud y el comportamiento de los ejércitos es en gran medida un producto de su liderazgo y de las acciones que este lleva a cabo en la vida cotidiana, pero sobre todo en combate. Uno de los efectos que ha tenido la transformación a la “ética empresarial” y con ella el predominio de la pura gestión sobre lo puramente militar es que los ejércitos actuales tienen una relación oficial/tropa mucho mayor que la existente antes de la Segunda Guerra Mundial. Esta cifra ya fue creciendo desde mediados del siglo XIX, pero se disparó a partir del último conflicto mundial. En el siglo XIX esa relación estaba por debajo del 5%. En los años 30 del siglo pasado subió a alrededor del 7% y en la actualidad, en algunos países la relación llega al 15%, lo que quiere decir que por cada seis o siete soldados hay un oficial; si a eso se añaden los suboficiales, resulta que pasa del 30% el numero de mandos respecto a la tropa. Hechas estas precisiones, cuyos porcentajes se refieren a los Ejércitos de Tierra y que ponen de manifiesto la desproporcionada y paradójica estructura de estas fuerzas armadas, convendría poner al día, con criterios racionales, las proporciones adecuadas entre oficiales, suboficiales y tropa de acuerdo con las necesidades reales.

Conviene centrarnos en el tema que nos ocupa y resaltar algunas tendencias que sería imperativo corregir. En primer lugar, hay que poner de manifiesto que las unidades no están para que los oficiales cumplan con el requisito de “cumplir el mando”, ni tampoco para que aprendan cómo ejercer su liderazgo. Las unidades militares necesitan ser lideradas por hombres capaces, dotados de las cualidades técnicas y humanas que los hagan merecedores de tales puestos.

En segundo lugar, conviene señalar que existe una marcada tendencia a invertir los términos y hacer que las unidades y los distintos organismos sirvan como banco de aprendizaje para los mandos. Son numerosos los casos en los que se ha mandado a un oficial a un puesto en el extranjero o a un curso, no para que desarrolle su función o que obtenga la calificación que le otorga el curso, sino “para que aprenda inglés”. Esa manera perversa de entender las cosas llega hasta los más altos puestos y a las más variadas situaciones.

En tercer lugar, es necesario enfatizar que ejercer el liderazgo es tener la responsabilidad para dirigir las conductas y acciones de otros con el fin de conseguir los objetivos de la organización, en los diferentes niveles de su estructura, y con la responsabilidad tanto del éxito como del fracaso. No existe un modelo o sistema para ejercer el liderazgo que pueda anteponerse a las circunstancias, condiciones o situaciones en las que el líder tiene que desenvolverse para influir decisivamente en la actitud y en la acción de los demás. Tampoco existe una fórmula mágica para desarrollar las habilidades de un buen liderazgo, ni hay disponible un método extraordinario para acelerar la adquisición de las capacidades, actitudes y atributos de un buen líder. La naturaleza del ser humano necesita ir avanzando poco a poco en la verdadera esencia del liderazgo y siempre edificándolo sobre los preceptos previamente aprendidos.

No obstante, existen una serie de normas, ideas o preceptos fundamentales que, sin ser exhaustivos, pueden servir de guía para que inspiren la formación y actuación de todo buen líder.

Cualidades de un buen líder.

Convendría tener bien presente la siguiente máxima: “El líder no nace, se hace”. Es importante tenerla en cuenta porque es el primer paso para incentivar a todos en que pueden llegar a ser un buen líder con trabajo, esfuerzo, tesón y adquiriendo la preparación necesaria. Si se partiera de la premisa de que “el líder nace”, desaparecería todo aliciente por conseguir ese objetivo y, además, nadie podría estar seguro de haber sido tocado por la diosa Fortuna en ese sentido.

Sun Tzu, en el siglo V a. C., fue el primero en estudiar en profundidad al líder y a la guerra en general y sus comentarios merecen la pena ser tenidos en cuenta: “El liderazgo determina por sí solo el éxito…. El liderazgo proviene de siete características: la autodisciplina, la decisión, los logros, la responsabilidad, el conocimiento, la cooperación y el ejemplo…… La motivación y el compromiso son las claves del liderazgo……La capacidad de liderazgo del mando tiene un efecto decisivo sobre la moral……Unas cualidades de mando y de liderazgo excepcionales, harán que se mantenga la moral alta, incluso en las condiciones más adversas”.

No se puede negar que a lo largo de la historia ha habido hombres con una especial predisposición natural para ejercer de líderes, pero en el cómputo general han sido muy escasos. Además, esos pocos ejemplos se han desarrollado en unas condiciones sociales, políticas, culturales, organizativas y tecnológicas mucho más “sencillas” que las existentes en la actualidad. Hoy en día las condiciones mencionadas son de tal complejidad que se antoja imposible que ningún hombre pudiera afrontarlas con éxito de forma natural, sin la debida preparación, esfuerzo y estudio. Por ello, todos aquellos que algún día aspiren a ser líderes deben tener la inquietud de aprender a lo largo de toda su vida, estudiando y formándose continuamente, sin rechazar el acceso a nuevas ideas para mantenerse plenamente actualizados.

Es esencial para toda organización poseer líderes a todos los niveles que posean las capacidades, habilidades y actitudes que les permitan llevar a cabo las responsabilidades de su cargo, y no menos importante es que los líderes actuales traten de enseñar esas capacidades a sus subordinados para posibilitar que estos lleguen a ser también unos buenos líderes en su día.

Entre las cualidades que todo líder debe poseer cabe destacar las siguientes:

Lealtad. Tal vez sea esta la cualidad más esencial, lo cual no significa que estar en desacuerdo sea necesariamente una deslealtad. Ninguna organización se puede permitir el lujo de tener personas desleales, a ningún nivel. Un aspecto importante, y que muy a menudo se olvida, es que es tan importante la lealtad hacia los superiores como hacia los subordinados. La lealtad permite discrepar de las opiniones de un superior y debe obligar a presentar el punto de vista propio, pero cuando se toma una decisión por parte del que manda, la no aceptación plena y sin reservas de la misma supone una deslealtad, que es preciso eliminar a toda costa y de manera fulminante. Otro tipo de deslealtad es dar una opinión falsa para hacerse acreedor de favores, recompensas o simplemente para dar la apariencia de aceptación y acatamiento; un hombre que actúa así no es fiable y hay que corregirlo.

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Coraje. Todo líder debe tener la fortaleza necesaria para desempeñar las tareas que se le asignen, no mostrar temor y afrontar con valentía los riesgos del mando, tanto físicos como psíquicos. Eso supone sobreponerse a las condiciones adversas o imprevistas que se puedan presentar.

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Deseo de ostentar el cargo. Normalmente no será posible ser un buen líder si no existe un deseo personal de serlo, lo cual se traduce en un compromiso imprescindible para influir en las personas, en los procesos y en los resultados.

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Resistencia a la frustración. Cuanto más alto sea el nivel de mando, mayores serán las exigencias de resistencia emocional de un jefe. Los líderes a todos los niveles deben tener la suficiente resistencia a la frustración como para recuperarse rápidamente de las adversidades y no caer en el desaliento para poder seguir desempeñando las responsabilidades de su cargo.

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Buena formación técnica y profesional. Hoy en día es imposible que alguien sin la debida formación técnica y profesional pueda ser un buen líder. Los ejércitos deben proporcionar un sistema de instrucción y formación permanente para todos sus miembros, con especial énfasis en los oficiales.

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Resistencia física. Un buen líder debe estar en condiciones para soportar las exigencias físicas que le puede imponer su cargo, por lo que es de su responsabilidad mantenerse en la correcta forma física y es responsabilidad de la organización exigírselo. Conviene mantener presente que a un cuerpo sano suele corresponder una mente sana.

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Empatía. Los líderes deben generar empatía, que es el aprecio y comprensión de los valores ajenos, así como tener una sensibilidad especial hacia otras culturas.

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Decisión. Un buen líder debe ser capaz de saber cuándo actuar y cuándo no, teniendo en cuenta todas las circunstancias que intervienen en la situación. La vacilación y falta de resolución confunden y desmotivan a los subordinados, a los compañeros y a los superiores.

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Anticipación. Una fina observación y la experiencia pueden hacer que un buen líder se anticipe a los pensamientos y a las acciones de los demás y, por tanto, a sus consecuencias.

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Oportunidad. En todos los actos del mando es crucial la oportunidad en las recomendaciones y en las acciones, aunque no existe una regla mágica para desarrollar el sentido de la oportunidad.
• Competitividad. El deseo de ganar es una cualidad esencial para el liderazgo. Eso no significa necesariamente ganar en todo momento, sino en las pruebas y situaciones especiales. Un líder sin sentido de la competitividad es débil y fácilmente superado por el más ligero desafío.

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Confianza en sí mismo. El adecuado entrenamiento, formación y la experiencia desarrollarán en los líderes un sentimiento personal de seguridad con el que enfrentarse a los desafíos inherentes al mando. Los que no tienen confianza en sí mismos, las tareas de mando les sobrepasarán y serán líderes débiles e incapaces.

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Responsabilidad. No se debe permitir que nadie, a ningún nivel, pueda ejercer su cargo si no acepta la total responsabilidad de sus acciones. Cuanto mayor es el cargo, mayor será la responsabilidad y en el caso de un buen líder, esta exigencia debe ser máxima.

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Credibilidad. Las palabras y las acciones de los líderes deben ser creíbles para todo el mundo. Los líderes que carezcan de credibilidad no podrán ejercer la influencia adecuada y deben ser sustituidos rápidamente porque nadie confiará en ellos.

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Tenacidad. La facultad de cumplir las tareas asignadas con decisión irrenunciable es una característica esencial del mando. El débil solo continúa la tarea asignada cuando las cosas van bien. El fuerte persiste en su deber y lo persigue incluso cuando llega el desaliento, la decepción o el abandono personal.

La diferencia entre una persona tenaz y una persona terca



Responsabilidades de un buen líder.

Todos los jefes, en cualquier nivel del mando, deben establecer el ambiente propicio para poder ejercer su trabajo. Los líderes deben influir y controlar el espíritu de las unidades. Entre las responsabilidades de un buen líder cabe destacar las siguientes:

• Cumplir y hacer cumplir escrupulosamente las leyes, normas y reglamentos que le puedan afectar a él y a sus hombres. Para ello debe asegurarse que todos conocen el marco legal según el cual serán juzgados, recompensados, castigados y obligados.

• Las acciones del líder son mucho más importantes que sus palabras. Mediante ellas debe establecer la moral, integridad, espíritu de sacrificio y sentido de la justicia que servirán de guía a sus hombres.

• Es fundamental establecer un elevado espíritu de mutua confianza con los subordinados, así como con los colegas y superiores.

• Establecer y evaluar los niveles de compromiso necesario y no tolerar que nadie esté por debajo de ellos.

• Potenciar la creatividad, pero cuidando siempre que todo ello vaya en beneficio de la unidad, de la misión encomendada y de la institución militar.

• Definir con precisión y comunicar a los subordinados qué es lo que se espera de ellos. Con ese fin, el líder debe vigilar e inspeccionar a sus hombres para asegurar su cumplimiento y corregir las pequeñas discrepancias antes de que se genere una situación grave.

• Fomentar la sana competencia entre sus hombres, pero con precaución para evitar que se convierta en un problema de rivalidad entre ellos.

• Tener en cuenta que el espíritu de la ley está por encima de la letra.

• No olvidar nunca conceptos como el honor, la moralidad y la dignidad para que guíen todas sus acciones.

• Mantener una profunda convicción de su deber, por encima de cualquier otra cosa.

Ideas generales para ejercer un buen liderazgo.

Aparte de las imprescindibles cualidades antes mencionadas, el buen líder debe tener en cuenta una serie de pautas que deben guiar todos sus actos. Cada una de ellas precisaría un desarrollo completo a modo de explicación y entrar así en detalle, pero la limitación del espacio disponible en este artículo solo permite una breve exposición de las mismas. Entre todas ellas se podrían destacar las siguientes:

• No se puede ejercer un buen liderazgo si no se desea estar en el cargo: Estar bajo el mando de un jefe que demuestre una falta de compromiso con su cargo, con sus responsabilidades, es frustrante para todos sus hombres. Esa falta de compromiso se traducirá en una falta de ambición, coraje y capacidad para liderar a nadie y las acciones que tome desanimarán y desconcertarán a los subordinados. Por el contrario, los jefes comprometidos, los que desean ejercer el liderazgo y tienen voluntad de servir, se distinguen por su formación, sinceridad, benevolencia, autoridad y coraje, al tiempo que demostrarán un fuerte compromiso con los objetivos de la unidad y de la institución militar, así como con las personas que tiene a su mando.

• Es necesario respetar y honrar las tradiciones, ritos y costumbres de la unidad y del ejército: Es preciso aceptar que cada uno tiene sus cualidades, que no todos tienen las mismas habilidades y capacidades, pero hay algo que debe ser común a todos y es el aprender, adaptarse, aceptar y respetar las tradiciones y costumbres, tanto a nivel de la unidad como del ejército. Ello forzará el sentido de pertenencia al grupo y fortalecerá la unión y la cohesión. Si esto es importante a nivel de cada individuo, resulta absolutamente esencial para el jefe si quiere ser un buen líder. En su caso, su responsabilidad se extiende no solo a respetarlas él, sino hacerlas respetar a sus hombres.

• Estrecha vigilancia de la moral y la disciplina: Lo único que puede proporcionar unidad es un agudo sentido de la moral y la disciplina. Tanto una como la otra son indispensables para afrontar las tareas cotidianas, pero cobran una importancia vital en situaciones difíciles y sobre todo en combate.

• Mantenimiento de la cohesión: En una unidad existe cohesión cuando reúne una serie de características que permiten pensar que está en condiciones de ejecutar las órdenes que se le den y las misiones que se le puedan encomendar, con independencia de la situación en la que se encuentre y de los inevitables riesgos que pueda afrontar. Si se logra una alta cohesión, el primer efecto que se produce es que todos los componentes de la organización se sienten realizados por el hecho de pertenecer a ella.

• Para obtener el necesario respeto, hay que ofrecerlo a los demás: Siempre resulta fácil adoptar la adecuada cortesía y reconocimiento ante una autoridad, ante alguien con una especial dignidad o ante un superior, pero es necesario inspirar respeto a los iguales y a los subordinados. Un jefe que no exige respeto a sus hombres y actúa como “un colega más”, es débil y estará desprestigiando el cargo.

• El cuidado de las formas y de los modales: El buen líder debe hacer sentir su presencia, no exclusivamente por su uniforme ni ningún otro distintivo, sino por su forma de comportarse, sus modales y su actitud. Este aspecto está íntimamente relacionado con el punto anterior, es decir, con el respeto que hay que exigir y ofrecer a los demás.

• Hay que saber distinguir entre los buenos colaboradores y los que no lo son: La actuación de todo jefe está en gran medida condicionada por la calidad y el nivel de competencia de sus colaboradores. Cuando un jefe comprueba que sus colaboradores más inmediatos no responden a sus exigencias ni a las necesidades, no tienen el espíritu de colaboración suficiente o que su nivel de competencia no es el deseado, tiene muy difícil en la práctica, si no imposible, realizar adecuadamente su cometido si no tiene competencias para provocar el cambio de destino de los incompetentes. En una situación así, tampoco puede apoyarse en otros subalternos para solucionar sus problemas, saltándose la cadena de mando establecida. La adecuada gestión del personal, tanto al nivel del líder como de la institución militar en general, es un aspecto vital.

• La capacidad de decisión es imprescindible para un buen líder: Todo líder con experiencia debe saber cuándo actuar y cuándo es mejor esperar a que las circunstancias sean más favorables. La precipitación es inaceptable en un buen líder pues este debe saber que la victoria, el simple éxito en una negociación o el tratamiento de cualquier problema sonríe a los que saben, no solo lo que hay que hacer, sino cuándo hacerlo. La capacidad de decisión tiene que ser compatible con la iniciativa, el coraje y el ímpetu, que deben regir las acciones de un buen líder.

• Delegación de la responsabilidad: Siempre existe un cierto riesgo a la hora de delegar. Ese riesgo se puede reducir al mínimo si el líder cuenta con jefes subordinados plenamente capaces y de su total confianza. Por otra parte, la no delegación supone reducir las capacidades reales del líder para gestionar, sencillamente porque no puede atender convenientemente a todos los aspectos que abarca su responsabilidad. Cuanto más alto es el nivel del jefe en cuestión, más necesitará hacer uso de la delegación de responsabilidad, pero teniendo siempre en cuenta que a cada uno se le deben delegar únicamente aquellas responsabilidades que correspondan a su cargo.

• Reconocimiento de los méritos de los demás: El reconocimiento es una poderosa herramienta en manos del jefe y de la organización para animar el espíritu, la autoestima y la confianza de los componentes de una unidad y del ejército en general. El reconocimiento en cualquiera de sus formas exige por parte del jefe un análisis objetivo de las acciones y circunstancias para garantizar que se otorga a quien verdaderamente lo merece. Mientras que un reconocimiento merecido tiene un efecto beneficioso tanto para el acreedor como para sus compañeros y subordinados, además de ser un acto de justicia, si es injusto puede tener graves consecuencias en la unidad e incluso en toda la organización, al producir un efecto de desánimo, sensación de injusticia y afectará negativamente a la cohesión.

• El buen líder debe ser un experto en técnicas de negociación: El empleo de una buena técnica de negociación puede significar el éxito o el fracaso de esta y eso, en tiempo de paz y en determinados casos, puede poner es juego elevados costes económicos e importantes capacidades industriales y militares en juego, así como un fuerte impacto en otras áreas nacionales que se salen del ámbito puramente militar. Una buena técnica de negociación como consecuencia de una guerra puede resultar crítica y exige, en primer lugar, ajustarse escrupulosamente a las directrices políticas recibidas.

• Es preciso saber anticiparse al futuro: El buen líder debe saber prever las circunstancias que se pueden desencadenar como consecuencia de las acciones que se están llevando a cabo (y también de las omisiones), para tomar las medidas pertinentes y estar así preparado, él mismo y sus hombres, para afrontar la nueva situación.

• Gestionar adecuadamente las energías propias: Tanto en la vida cotidiana como sobre todo en campaña, todo líder debe ser capaz de distinguir claramente qué tipo de cosas o acciones merecen la pena realizar un gran esfuerzo y cuáles no. Ello implica, entre otras cosas, que las posibles ventajas o ganancias inmediatas no pueden hacer que se pierda de vista el objetivo final perseguido. Dado que los recursos personales y materiales son siempre limitados, resulta crucial que un buen líder sepa gestionarlos de la mejor manera posible, en lo que se refiere a la cantidad del esfuerzo y oportunidad de este, y sin duda el aspecto más sensible es asegurarse que los esfuerzos físicos, personales y emocionales a los que están sometidos sus hombres, no sobrepasen los límites normales compatibles con la consecución de la misión asignada.

• Fomentar el espíritu de unidad: La unidad es el elemento básico de combate y donde se deben cultivar, concentrar y manifestar todas las virtudes, capacidades y características del ejército al que se pertenece. Uno de los aspectos fundamentales de una unidad es que el trabajo de todos sus miembros debe estar orientado a la consecución de objetivos comunes. Todo ello se consigue mediante la disciplina, la formación, una organización adecuada, distribución idónea de las tareas y cometidos, así como con una fuerte cohesión.

• La integridad, humanidad y la rectitud son imprescindibles en un líder: Todo líder debe representar una imagen en la que se quieran ver reflejados sus hombres. Todo lo que haga o deje de hacer tendrá una influencia en ellos, de manera que el valor de su ejemplo es enorme, lo cual presupone que los subordinados siempre confían en que su líder actúa con integridad y rectitud moral. Ambas cualidades son complementarias de la humanidad que debe desprender todos sus actos, tanto hacia los miembros de su unidad, amigos y aliados en el campo de batalla, como hacia sus enemigos.

• Cuidado con “el fuego amigo”: En ocasiones, la posición y el poder que ejerce un jefe suele despertar animadversión y envidia por parte de compañeros y subordinados, que pueden intentar minar su reputación, su buen nombre y la calidad de su liderazgo, por lo cual un buen líder deberá estar atento par tomar las medidas oportunas que neutralicen esas acciones.

• Mentalidad para el combate: Dentro de la vida militar, el fin último de todo liderazgo es llevar a sus hombres al combate en las mejores condiciones físicas, psicológicas y de entrenamiento para cumplir con la misión asignada. Pero la capacidad de liderazgo adquiere su punto culminante en la preparación inmediata al combate, en el propio desarrollo del mismo y en la gestión de su resultado, tanto si se ha logrado la victoria como si se ha sufrido una derrota.

• El relevo en el mando: El hecho de que un jefe sea designado para mandar una unidad o un organismo determinado es un motivo de orgullo para el interesado. Cuando el antiguo jefe abandona el cargo, sobre todo cuando ha demostrado una talla excepcional y se han creado una serie de lazos de lealtad y dedicación entre él y sus hombres, se presenta un momento delicado en la vida profesional de todos ellos. Es entonces cuando la transición del mando debe realizarse de manera que sea positiva para la unidad y para toda la institución, y en esta situación juega un papel primordial el jefe saliente.

En definitiva, no existe un modelo o sistema para ejercer el liderazgo que pueda anteponerse a las circunstancias, condiciones o situaciones en las que el líder tiene que desenvolverse para influir decisiva y positivamente en la actitud y en la acción de los demás. Tampoco existe una fórmula mágica para desarrollar las habilidades de un buen liderazgo, ni hay disponible un método extraordinario para acelerar la adquisición de las capacidades, actitudes y atributos de un buen líder. La naturaleza del ser humano necesita ir avanzando poco a poco en la verdadera esencia del liderazgo y siempre edificándolo sobre los conceptos previamente establecidos.

Para que existan buenos líderes es preciso “que se hagan” y para ello el único camino es mediante el estudio, la formación en todas sus facetas y el cultivo constante de las cualidades antes mencionadas. Pero el esfuerzo personal e individual por sí solo no es suficiente, ya que por encima de todo ello, la propia institución debe fomentar la aparición de esos líderes:

Proporcionando la adecuada formación; adoptando las estructuras orgánicas más eficientes y que se ajusten a las necesidades reales; con una política de personal justa y transparente; con un sistema de evaluación permanente que prime los conceptos de honor, disciplina, responsabilidad, iniciativa, disponibilidad, interés por el estudio y la formación, capacidad de decisión, valor, etc.. Si todo esto se consigue, aparecerán los líderes de forma natural; serán pocos, pero buenos, como siempre han sido los grandes líderes.

Todos y cada uno de los puntos tratados en este artículo podían ser objeto de un estudio y exposición más detallado, pero ello comportaría una extensión excesiva del mismo, por lo que solo se han esbozado las principales características de las cualidades y responsabilidades que deberían estar presentes en un buen líder, dejando al criterio del lector campo suficiente para enjuiciar y completar esta muy esquemática visión.

Tte.Gral. Santiago San Antonio Copero (E.A.)
Gral. de Bgda. Joaquín Sánchez Díaz (E.A.) (R)

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