Ni integridad ni lealtad.

Nuestros dirigentes son de memoria corta. Este es un tiempo de abdicaciones y olvidos, y de mudanzas hacia las metas que señala el pragmatismo y la ganancia fácil. Es un tiempo en el que crecen los prestigios sin sustancia, las importancias sin fondo, las retóricas sin compromiso. Es época de perturbaciones en que sistemas y valores están en crisis.

El mayor olvido afecta a algo que antes se conocía como integridad, como firme adhesión a los valores, como inconmovible compromiso con la propia dignidad. La integridad se basa en cosas tales como la honradez, honestidad, respeto por los demás, corrección, responsabilidad, control emocional, respeto por sí mismo, puntualidad, lealtad, pulcritud, disciplina, congruencia y firmeza en las acciones que toma. Se considera íntegro a un individuo cuando es honesto, tiene firmeza en sus acciones y actúa de manera correcta. Con escasas excepciones, se ha enterrado en silencio esa incómoda integridad que, para algunos, aún es la trinchera para resistir y el aliento para seguir adelante incluso entre la soledad de las negaciones. Asunto grande ese de la integridad, asunto grande ese de la consecuencia. Y más grande aún aquello de la lealtad.

Ya sea porque la coyuntura nos agobia, ya porque son temas demasiado arduos, ya porque la mediocridad nos tira para abajo, lo cierto es que cada vez son menos los que se ocupan de semejantes cosas, áridas para muchos, incomprensibles para otros, disparatadas para unos cuantos.

Hay que admitir, sin embargo, que las personas y la sociedad, a la larga, necesitan construir pautas, fundar familias y crear país sobre el único piso firme que es posible: el de los principios, el de los rigores y, a veces, el de los sacrificios. Lo que ahora ocurre -y ahí está el corazón del problema- es que no hay tiempo para semejantes despistes, no hay vocación ni espacio para pensar más allá de la rumba y la resaca. No hay vocación para sentarse un momento, hacer la pausa necesaria, y reflexionar en que un mundo hecho de olvidos, negaciones e intereses no es duradero. Y, lo fundamental: que este entramado de relaciones en que vivimos requiere un mínimo de lealtades.

Además, habrá que admitir que las experiencias sociales fructíferas en términos humanos no son posibles sin la aspiración constante a la excelencia, que es lo contrario al acomodo universal en la mediocridad. Excelencia humana, que es distinta, y que es mejor, que las otras “excelencias” que abundan en el mercado en que proliferan las pequeñas estaturas. Excelencia, que no tiene que ver con la inclinación a recopilar diplomas y a llenar hojas de vida con sonoras declaraciones, que solo dejan en claro la petulancia que ha reemplazado a la verdad, la cursilería que ha derogado la austeridad.

A medida que escribo, se afianza la sospecha de que esto de la integridad sonará en no pocos oídos a tambor de lata, a rincón moralista. No importa. Lo que sé es que las personas construyen las sociedades y los estados, y no a la inversa, y que, sin buenas personas, no habrá comunidad, ni democracia, ni tolerancia, ni relaciones basadas en conceptos mejores que la ambición, la voracidad y el consumo.

Nos recuerdan varios artículos en diferentes medios de comunicación de los “no pagados” la definición del concepto lealtad y es clara: “Cumplimiento de lo que exigen las leyes de la fidelidad y las del honor y hombría de bien”. Sin ser leal a los valores y principios de vida personales, difícilmente se puede tener lealtad a instituciones, símbolos o personas.

En la amistad, la lealtad no precisa un compromiso explícito; los hechos la demuestran en cada momento; sin embargo, para el ejercicio de ciertos cargos públicos se exige un compromiso categórico de lealtad, mediante una fórmula ritual clara.

El texto para los ministros es el siguiente: “Prometo cumplir fielmente las obligaciones del cargo con lealtad al rey, de guardar y hacer guardar la Constitución como norma fundamental del Estado y guardar secreto de las deliberaciones del Consejo de ministros”.

Esa prometida fidelidad surge de la adhesión sin condiciones a unos valores, convicciones, normas y símbolos.

A la vista de ciertos comportamientos, es lícito pensar que algunos de los ministros del Gobierno de España no valoraron el contenido de la frase ritual que pronunciaban porque carecían del propósito de cumplirlo.

¿Qué denominación debería recibir quien promete en falso? Seguramente que la primera palabra que nos viene a la mente es perjuro; sin embargo, dado que no juraron, no sería aplicable, aunque sí las de infiel, desleal o felón.

Resulta imposible aventurar la intencionalidad de las personas, pero a través de su comportamiento sí podemos vislumbrarla: no hacer guardar la Constitución a quienes profanan símbolos e instituciones, hasta el punto de promover la despenalización de las injurias a la Corona y los ultrajes a España; ataques al poder judicial con una clara intencionalidad de condicionar sus decisiones; tibia defensa de la unidad de España, al apoyar la petición de referéndum sobre el derecho a decidir; campaña pertinaz contra la Monarquía, atribuyendo al rey falta de neutralidad. Seguro lector, que usted puede añadir otras deslealtades a esta lista.

Las manifestaciones a las que me he referido han sido hechas por miembros del Gobierno, actuando como miembros del Gobierno, que prometieron “…cumplir y hacer cumplir…”.

Hablan siempre como si estuvieran en un mitin dirigiéndose a los suyos –con el entrecejo y la frente arrugada, manos en los bolsillos, mangas remangadas y gesto altivo–, con olvido de que forman parte del Gobierno de España.

Les viene al pelo la frase de Raimundo Lulio, Ramón Llull, “El que es leal eleva su mirada con humildad, y el que es desleal, con soberbia”, aquel «caballero andante del pensamiento», en feliz expresión de Menéndez y Pelayo, que no se daba punto de reposo ni daba paz a sus pies, «y cuyo inmenso corazón era alado, con las alas acérrimas e incansables de un serafín», según cantó Lorenzo Riber.

Definitivamente, no queda ni integridad, (cualidad del carácter que implica ser siempre el mismo, en todas las circunstancias, en público y en privado; ser el mismo en su hablar, en su sentir, en sus pensamientos y en su hacer; no cambiar en ninguna circunstancia, aún cuando ello implique consecuencias en contra de sí), ni lealtad en las Instituciones de Gobierno de España, (compromiso con respecto a los gobernados para ayudarlos a crecer, servirlos, apoyarlos, animarlos, ayudarlos, etc., sin importar las circunstancias y las características personales, siempre; es tener fe en los demás y actuar de buena fe con respecto a ellos), y eso porque todo el entramado de la organización intemporal, definición de Institución, está integrada por corruptos.

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