El problema de la inmigración

La inmigración está asociada al problema de la acomodación de un gran número de africanos, árabes, turcos, albaneses, etc., en las sociedades europeas, de asiáticos e hispano americanos en Estados Unidos, y de asiáticos en Japón, Australia y Canadá. Los beneficios sustanciales de la inmigración en términos de crecimiento económico, revitalización demográfica y mantenimiento del estatus y la influencia internacionales de un país pueden verse contrarrestados por los costes derivados del aumento del gasto en servicios públicos, la reducción de puestos de trabajo, salarios y prestaciones disponibles para los trabajadores nativos, la polarización social, el conflicto cultural y la erosión de las concepciones tradicionales de identidad nacional. La cuestión de la inmigración puede producir serias divisiones en el seno de los grupos de la élite, agitar la opinión popular en contra de los inmigrantes y de la inmigración y propiciar oportunidades para que los políticos y los partidos nacionalistas y populistas saquen provecho de tales sentimientos.

En la década de 1990, los riesgos que se percibían como asociados a la inmigración llevaron a un grupo de académicos europeos a desarrollar el concepto de «seguridad societal». La seguridad nacional implica el mantenimiento de la independencia, la soberanía y el territorio de un Estado frente al ataque militar y al dominio político de otro Estado. Se centra, pues, en el control político. La seguridad societal, sin embargo, tal y como la definen Ole Waever y sus socios de la «escuela de Copenhague» supone «la capacidad de una sociedad para preservar su carácter esencial bajo condiciones cambiantes y amenazas posibles o reales». Se trata, pues, de «la sostenibilidad, dentro de unas condiciones de evolución acepatables, de las pautas tradicionales de lengua, cultura, asociación e identidad y costumbre religiosa y nacional». Así pues, mientras la seguridad nacional concierne, sobre todo, a la soberanía, la seguridad societal tiene que ver, por encima de todo, con la identidad, con la capacidad de un pueblo para mantener su cultura, sus instituciones y su estilo de vida.

En el mundo contemporáneo, la mayor amenaza a la seguridad societal de las naciones proviene de la inmigración. Los países pueden responder a tal amenaza de tres maneras posibles. Grosso modo, las opciones son: una inmigración escasa o nula, una inmigración sin asimilación o una inmigración con asimilación. Las tres han sido ya ensayadas en algún momento.

Para restringir la inmigración se puede limitar el número de personas a quienes se permite entrar en el país, estableciendo criterios de admisión que tengan ese efecto, como las cualificaciones, el nivel educativo o el lugar de procedencia, que fue lo que hizo Estados Unidos en 1924, o permitiendo que los inmigrantes se queden sólo durante un periodo de tiempo limitado, como ocurre con los programas de «trabajadores invitados» de algunos países europeos o los programas H-1B y bracero de Estados Unidos. Japón ha tratado históricamente de disuadir la inmigración; en 2000, sólo el 1 % de la población japonesa había nacido en el extranjero. Las perspectivas de envejecimiento y disminución de la población de Japón han movido al gobierno a considerar, aun a su pesar, la posibilidad de adoptar una postura más favorable a la inmigración, pero esto ha chocado con una intensa oposición. Con la excepción parcial de Francia, tampoco los países europeos se han concebido históricamente a sí mismos como «sociedades de inmigrantes». A principios y mediados de la década de 1990, algunos líderes franceses reclamaron una «inmigración cero» y Francia adoptó varias medidas destinadas a restringir y desalentar la inmigración. Simultáneamente, algunos líderes alemanes adoptaron posicionamientos similares y Alemanía endureció su legislación sobre refugiados y asilo político. Estas medidas tuvieron resultados desiguales en los diferentes países en que se aplicó.

La segunda opción es una política permisiva con la inmigración acompañada de un escaso esfuerzo asimilador. Cuando esto se combina con un gran número de inmigrantes procedentes de culturas muy distintas a la del país de acogida, puede traducirse en la formación de comunidades inmigrantes inconexas entre sí y aisladas de la sociedad más amplia en la que se establecen. Esto ha ocurrido con los norteafricanos en Francia y con los turcos en Alemanía, así como otros grupos inmigrantes en otros países europeos, como España e Italía en la actualidad, y que ha sido el principal factor que ha impulsado el amplio consenso social existente en estos países en torno a la necesidad de reducir el número de inmigrantes. La inmigración sin asimilación, por tanto, genera presiones compensatorias en sentido contrario y resulta, generalmente, imposible de sostener de manera indefinida.

La opción final consiste en que un país acepte la inmigración sustancial y, al mismo tiempo, promueva la asimilación de los inmigrantes en su sociedad y cultura. Los países europeos, dada su escasa tradición inmigratoria, consideraron dificil, como así ha sido, lograr algo así con sus inmigrantes de finales del siglo XX y decidieron optar por la restricción.

El aumento de la inmigración que se inició en la decada del 2000, sacó a relucir de nuevo estas cuestiones. Las opciones son reales, difíciles y razonablemente claras, no asumibles, las más restrictivas, moral y socialmente por la cultura de los Estados Unidos que es, por tradición y formación, un País receptor desde su origen, país diverso racial y étnicamente. Sin embargo Europa es otra cuestión. ¿Debería Europa reducir drásticamente la inmigración actual? ¿O debería aceptar aproximadamente el nivel y la composición, factor fundamental dado que la mayor parte de la inmigración europea procede de países musulmanes, de la inmigración actual sin esfuerzo adicional alguno para promover la asimilación? Y, si es así, ¿Para promover su asimilación a qué? ¿Qué opción o combinación de opciones sería la más favorable a la cultura y los valores, la cohesión social y comunal, el desarrollo económico y la prosperidad, el poder internacional y la influencia de Europa? ¿Qué opciones o combinación de opciones resultan factibles en el entorno social, económico, político e internacional contemporáneo de Europa?

Para finalizar esta exposición, hay que afirmar que, Europa no ha sobresalido históricamente por sus éxitos en la asimilación de la inmigración, principalmente, por ser ésta proveniente de otra cultura y civilización muy arraigada en sus países de origen en los que la lealtad a la Patria está supeditada a la lealtad a sus líderes religiosos.

Enrique Area Sacristán.

Teniente Coronel de Infantería.

Doctor por la Universidad de Salamanca

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