La Tarara, sí; la tarara, no; la Tarara, niña, que la he visto yo.

Dentro de poco, probablemente, «se me casará» un hijo.  Eso de casarse o no, lo de convivir para ser más precisos, es algo terriblemente complejo sobre todo si él ha decidido, y también por necesidad, trabajar en otra ciudad.

Hoy en día, si miro atrás y echo cuentas de la cantidad de años que llevo con esta mi señora esposa al lado, me asusto y asombro a partes iguales. Me asusto por cómo pasa el tiempo y me asombro porque, siendo como soy, hemos sido capaces, los dos, porque ella también es como es, llevar tantos años remando, más o menos hacia el mismo lado.

Este pensamiento me asalta especialmente en situaciones como la de esta noche cuando después de toses bronquiales y posible insomnio compartido con Federico, mi hijo pequeño de casi 1,90, con los consecuentes idas y venidas descalzo ¿zapatillas? ¿para qué?!, con una caja de Kleenex vacía en la mesilla de noche; entonces voy y cuando los pájaros no cantan porque están escondidos con la bufanda puesta,  en aquella hora que se me pega todo, la canción puñetera o la idea absurda, entonces voy y allí en la penumbra del dormitorio releo el artículo último que publiqué y veo que, ACODAP, menciona “la Parrala” como nombre, con mayúscula al inicio del sustantivo y, por tanto, no es la «parrala» como conjunto de parras sostenidas con armazón de madera u otro artificio .

Entonces, ¿Eso de la Parrala de dónde viene?

Quiero recordar que soy vasco, no en plan 18 apellidos vascos, pero lo de la copla lo llevo fatal aunque, al menos, sé quién era Concha Piquer.

Así que del rincón más oscuro de mi pasado remoto se me aparece la imagen de mi madre cantando algo que me suena así. ¿Tiene la parrala un vestido?… la parrala si … la parrala no …. lara lara lara   …. No sé qué  más.

Con estos lapsus mentales de por medio, agarro el ordenador y a estas horas en que por el bien de la humanidad debiera mantener una zona de exclusión de al menos dos metros a mi alrededor ya me tienes buscando los antecedentes históricos y por supuesto la letra y cual no es mi sorpresa cuando descubro que la Parrala era al parecer una antigua cupletista a la que le gustaba en demasía el vino, que había sufrido desengaños amorosos y que dio pie a la letra de la canción  que hizo famosa Concha Piquer; mira tú por donde nada tiene que ver con mi recuerdo remoto, ni la letra ni la música; se hacía necesario una investigación más profunda, todo esto antes de la entrada en sueños.

Pero, aún hay más. De mi estudio de “La Parrala”, descubro que en 1845 nacía en Moguer (Huelva) Dolores Parrales Moreno, conocida en los escenarios de los cafés-cantantes como “La Parrala”, sobrenombre artístico con el que también sería bautizada su hermana Trinidad, menos conocida, siempre en la sombra y eternamente atacada por “su voz demasiado dura”.

La Parrala fue uno de los nombres más imprescindibles en las noches de cafés-cantantes y colmaos andaluces. Se dijo de ella que era la mejor y más general cantaora de todos los tiempos, despertando la admiración de todo el mundo. Tenía predilección por los cantes  sobre todo de Silverio Franconetti, cantaor de conocimiento enciclopédico, que dominaba todos los palos del Flamenco; la Parrala actuó por toda España y también en Paris.

Pero si su arte motivaba ciento de comentarios, su vida despertaba con mayor fuerza las lenguas de doble filo. La duda siempre planeó sobe la vida de La Parrala, una mujer siniestra, llena de incógnitas, de afirmaciones sorprendentes y escabrosas y de enigmas que jamás se llegaron a resolver.

Decían de ella que tenía una belleza capaz de hipnotizar a los hombres, con los que jugaba y dominaba al igual que con su arte. La silueta de su semblante en los oscuros escenarios de los cafés-cantantes, de los colmaos despertaban los deseos de sus admiradores, que agotaban sus fuerzas sin obtener respuesta de ella.

Mucho se hablaba de sus amantes y del desenlace trágico que estos tenían, siempre arrebatados por la locura… un juego de sumisión que la llevó a ser considerada la venganza de las mujeres sufridoras hecha carne…

Los rumores forjaron al personaje, que la muerte convirtió en Mito y de ahí a la leyenda. Una historia que desempolva los ambientes nocturnos envueltos de pasiones, alcohol, flamenco y sangre; el cuento que todo el mundo contaba y que jamás nadie quiso dejar constancia de ello.

“Que sí, que sí, que sí, que sí,
que a La Parrala le gusta el vino.
Que no, que no, que no, que no,
ni el aguardiente ni el marrasquino…”.

Al final he encontrado un grupo que estaría más en mi línea de la copla fusión inicial, es lo que podríamos llamar, la versión post cena de empresa de la parrala.

En este momento ya poseído de la típica fiebre noctambula de «eso o lo aclaro o no me meto en la cama» sigo buscando y descubro que lo que para mí era Parrala resulta que no, que era Tarara.

Llegados a este punto, en pijama y sin descansar ya tengo una empanada descomunal entre parrala/tarara. Pero la cosa no acaba ahí porque entonces descubro, desconocía su autoría, este precioso poema firmado por García Lorca

La Tarara, sí;
la tarara, no;
la Tarara, niña,
que la he visto yo.
Lleva la Tarara
un vestido verde
lleno de volantes
y de cascabeles.
La Tarara, sí;
la tarara, no;
la Tarara, niña,
que la he visto yo.
Luce mi Tarara
su cola de seda
sobre las retamas
y la hierbabuena.
Ay, Tarara loca.
Mueve, la cintura
para los muchachos
de las aceitunas
.

Y ya con el poema en la mano digo/pienso, alguien lo habrá versionado y me encuentro con una versión de Camarón de la que solo puedo decir que cualquier parecido con el original es pura coincidencia.

Como resumen de mi estudio lo mejor que puedo decir es que  si tenéis que descansar, dejad los teléfonos y ordenadores apagados y si mañana me despierto o no puedo conciliar el sueño por algo parecido, no respondo por mi estabilidad emocional.

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