Mienten como bellacos.

Las estadísticas económicas siempre son conflictivas porque tratan sobre fenómenos centrales de la vida económica de un país como las cuentas nacionales, la balanza de pagos, el comercio exterior, los precios internos, el poder adquisitivo de la población; y como tales pueden funcionar como elementos constituidos del lenguaje social que ingresan en los discursos para hacer valer alguna posición argumentativa.

Es decir que se trata de números calientes, aunque la disciplina estadística no remite sólo a lo numérico porque no toda serie de datos es estadística, sino que tiene que ver con el modo de recolección y tratamiento de esos datos.

Cuando la ciencia estadística entrega indicadores cuantitativos para su difusión en los medios, nos encontramos en el cruce entre tipos diferentes de discursos con condiciones de producción significante específicas: inicialmente, el discurso científico-técnico y el discurso periodístico-informativo.

Cuando se trata de las estadísticas oficiales, éstas son puestas en los medios como los números que publica el Estado/gobierno de un país para informar sobre las condiciones existentes en diversas áreas del territorio o de su población. Es decir que siempre son representaciones de un período, de un lugar y de una situación concreta; pueden ser estados mejores o peores, pero son los únicos registros oficiales de los que se dispone.

A estas alturas del desarrollo de la presente crisis económica mundial, que no ha tocado fondo y que todavía no se ha visto el final de lo peor, existe al menos un amplio consenso en que está siendo la crisis peor seguida hasta ahora desde un punto de vista estadístico, ya que nunca dispusimos los ciudadanos de tanta información falsa, sobre la evolución de las principales magnitudes de la actividad política, económica y social.

Este avance espectacular de la cantidad, falta de calidad e inmediatez de la información estadística también va acompañado de interpretaciones sobre su alcance y significado que, con demasiada frecuencia, son bien diferentes, e incluso contradictorias, según la presentación que de ella hacen los portavoces de los diferentes partidos políticos y los medios de comunicación más o menos afines al Gobierno o a la oposición. La manera en que, desde el Gobierno de España, se vienen interpretando en los dos últimos años las cifras del deterioro económico o social de España suele ser bien diferente e incluso opuesta según la hagan los representantes de los respectivos gobiernos o los de la correspondiente oposición, pero esto que se muestra en el video es la prueba fehaciente de que a los españoles nos toman por lelos.

Todo lo cual vuelve a darle vigencia actual a la formulación realizada hace aproximadamente siglo y medio por el político conservador Benjamin Disraeli, primer ministro de la reina Victoria en los años de mayor apogeo del Imperio Británico en la segunda mitad del siglo XIX, quien afirmó en cierta ocasión que existían tres tipos de mentiras: simples mentiras, grandes mentiras y estadísticas («lies, damned lies and statistics»). Aunque en algunas referencias periodísticas se atribuye la frase al escritor norteamericano Mark Twain, creo que es propio de un político como Disraeli, curtido en mil y una batallas parlamentarias, y pendiente en todo momento de los comentarios y juicios aparecidos en los medios de comunicación, el expresar de una manera tan rotunda y realista la forma que tienen los políticos de manipular las interpretaciones de las, por otro lado, frías magnitudes estadísticas, procurando siempre que legitimen sus personales y partidistas posiciones. Conducta que convierte a la interpretación del dato estadístico en el tercer y su­premo grado de mentira.

Como es obvio, la sesgada interpretación política y mediática de los datos estadísticos no invalida por sí misma la calidad y rigor de los métodos científicos de su obtención y elaboración. La calidad de los datos estadísticos que elaboran en España tanto instituciones públicas —el Instituto Nacional de Estadística, el Banco de España o el Centro de Investigaciones Sociológicas— como privadas —departamentos de estudios de bancos, cajas de ahorros o fundaciones universitarias—, serian perfectamente homologables con las mejores europeas caso excluido el CIS de Tezanos. Cosa que desgraciadamente hace que no se pueda afirmar nada bueno de la calidad de la vida democrática española, del grado de confianza de los ciudadanos en la clase política, o de la fiabilidad y rigor de la información que transmiten y elaboran los diferentes medios de comunicación españoles.

Pedro Sánchez construye un nuevo relato para esconder las consecuencias de su gestión económica. Con la luz marcando máximos históricos y el índice de precios desbocado, el presidente del Gobierno esquiva toda responsabilidad y considera que es «importante decir la verdad» a los ciudadanos: la inflación y el alza del precio de la energía sólo son culpa de la «guerra ilegal» de Vladimir Putin, según el presidente socialista. Sánchez no se limita al momento actual, sino que extiende también ese impacto a 2021 porque, según ha dicho en sesión de control en el Congreso de los Diputados, el presidente ruso «llevaba más de unos meses preparando» ese conflicto en Ucrania. Una excusa con la que trata de ocultar su deficiente gestión económica y que se une a la coartada de la pandemia, que exprimió durante meses. Lo cierto es que, como demuestra el gráfico que acompaña esta información, el precio de la electricidad, el gas, la gasolina y el IPC lleva mucho tiempo disparado, comprometiendo el futuro económico del país. Desde luego, mucho antes de que se iniciase la ofensiva rusa sobre Ucrania.

Con el precio de la electricidad en cifras récord y el IPC más alto de los últimos 33 años, Pedro Sánchez no duda en culpar a la invasión rusa de Ucrania de la situación económica. «La inflación, los precios de la energía, son única responsabilidad de Putin y de su guerra ilegal en Ucrania», ha aseverado el presidente socialista en la sesión de control en el Congreso de los Diputados. Sánchez ha llegado a atribuir al presidente ruso el alza de los precios en los últimos meses, incluso antes del ataque, asegurando que «si vemos la evolución del precio el gas y por tanto de la energía a lo largo de este año podemos constatar que Putin llevaba más de unos meses preparando la guerra en Ucrania».

España, cabe recordar, ya fue el país con la peor recuperación económica tras la pandemia, según desveló Eurostat a finales de diciembre. El semanario financiero británico The Economist situó también a la economía española como la peor de la OCDE, situándola en el puesto 23 de los 23 analizados en cuanto a la evolución del PIB y de la renta per cápita, por detrás de todos los mayores competidores europeos y mundiales del país.

En este tiempo, el Gobierno ha aprobado algunas medidas que ponen en duda la recuperación futura, como la contrarreforma laboral, el aumento del salario mínimo, el incremento de tasas a los autónomos o la ausencia de alivios para la presión fiscal.

A mi modo de ver, la cosa no tiene fácil arreglo, pues no sabría por dónde cambiar el rumbo de las cosas, si desde el lado de la oferta o del lado de la deman­da. Esto es, si tienen que ser los políticos y los medios los que deben iniciar la regeneración virtuosa en el tratamiento público de las estadísticas de nuestra vida social o económica, o debemos ser los ciudadanos los que exijamos tales cambios. En todo caso, no creo que por ahora la democracia española esté en camino de invalidar la conocida reflexión del gran dramaturgo George B. Shaw: «La democracia es el proceso que garantiza que no seamos gobernados mejor de lo que nos merecemos.»

La expresión “la mentira como estrategia política” tiene dos acepciones: mentir para ocultar un problema o para negar una realidad que perjudica a un partido político concreto o al gobierno de turno, pero también acusar de mentir -haya motivo o no, sea verdad que se miente o no- al gobierno y al partido o partidos que lo sustentan. Las dos posibilidades me preocupan pero, especialmente la primera, por ser la que practican el Presidente y los componentes del Gobierno y otros partidos de la izquierda desde hace tiempo como estrategia política para engañar a la opinión pública respecto a los problemas acuciantes de España.

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