La moral militar.

Cada escuela ha pretendido establecer un patrón moral, o, cuando menos, prestar a uno ya en uso el apoyo de sus luces filosóficas. En otro sentido, Ortega y Gasset ha afirmado, sin que se pueda hacer gran caudal de una conversación en el «golf», que es «un error considerar la moral como un sistema de prohibiciones y deberes genéricos, el mismo para todos los individuos», y que «no sólo cada oficio, sino cada individuo tiene su decencia intransferible y personal, su repertorio ideal de acciones y gestos debidos», es decir, su moral.
Lo que no es ya ofrecer un extravío nuevo, sino abrir brecha de sistemas admitiendo al trato común el hallazgo de cualquier arbitrista de la moral, extremada y aviesa consecuencia de la proclive «doctrina del punto de vista».
La repugnancia que inspira esta idea de pluralidad hace notablemente fastidiosa cualquier adjetivación, aunque no se refiera a la esencia de la conducta; cuando Marañón habla de la moral quiere uno pensar que se refiere a la cultura, a las costumbres; porque una cosa es que se haya modificado el estilo de vida, los gustos, las aficiones, las costumbres, y otra que se hubiera cambiado la moral.
Cuando se habla de moral militar, parece insinuarse la autenticidad de una posición especial del militar ante los problemas morales. El mismo Vega Maestre postula la necesidad de una moral profesional para el Ejército, nada fácil de cohonestar, dar apariencia honesta, de justa o buena, a una acción indecorosa o a otra cosa que no lo es, con el concepto tomista de la moralidad: una manera conforme a la cual el acto libre procede de la razón y de la voluntad.
Por de pronto ocurre que cuando, refiriéndose a la milicia, se habla de moral, uno puede entender que se alude a un repertorio de normas de conducta, como las Reales Ordenanzas, y otro creerá que se alude al estado de conciencia y a la disposición anímica de un hombre o de una tropa, que suele calificarse de buena moral o mala moral cuando no se pretende evaluarla hablando de su mucha o de su poca moral. Pero la verdadera moral es esencialmente religiosa, mientras que el estado de ánimo de la tropa y de los componentes, todos, de las Unidades, o de un hombre, es una actitud psicológica.
Urge decir que ninguna imposición que esté en desacuerdo con la moral puede constituir una obligación militar; menos, un deber. No se puede hablar de una moral militar «esencialmente» diferente de una moral médica o de una moral literaria, por ejemplo; la moral es, por su naturaleza, cosa esencial, y además «una». Hay «una» sola y «esencial»moral cuyas últimas consecuencias formales en el orden militar, médico o literario deberán sacar en cada caso los militares, los médicos o los literatos. Porque como la moral es, en último término y un poco esquemáticamente, la técnica de distinguir el mal del bien, no habrá posibilidad de concebir más de una moral si no se admite que las marcas del mal y del bien pueden ser situadas por cada uno en la posición relativa que mejor cuadre a sus gustos o a sus ocupaciones.
Ahora bien: en cuanto se profesa la creencia de que hay una verdad objetiva, quedan perfectamente definidos los límites del mal y del bien, cuyas coordenadas determina con absoluta precisión aquel criterio con que la verdad sugiere a la razón lo que en cada momento y situación «debe ser», no lo que es.
«No hay más que una moral, como no hay más que una geometría», suele repetirse muy a menudo con Voltaire; de ahí vienen algunos a deducir que es preciso aislar la moral no sólo de todos los dogmas religiosos, sino de todas las ideas que son objeto de discusión; pero olvidan que el propio Voltaire añadía: «la moral viene de Dios, como la luz». Y no seré yo quien en este punto recuse su testimonio.
Hay , pues, una sola y esencial moral, cuyas consecuencias en el ámbito castrense toca a los militares, cualquiera que sea su categoría, considerar y llevar a la práctica.
En tiempos en que las personas eran más juiciosas, nadie hubiera intentado discurrir sobre temas morales sin previo reconocimiento de las verdades divinas.
Después ha ocurrido que a medida que se ha ido perdiendo el espíritu religioso, se producen en algunos profesionales que se tenían por selectos dos fenómenos paralelos: uno lógico, consistente en subestimar la piedad y la moral cristianas, juzgándola para los pobres de espíritu y para las buenas almas de poca cuantía; otro, que con un gesto de escándalo, recusable por falso, se fallara como delito de hipocresía y de fariseísmo el hecho de que un pecador, aún a sabiendas de serlo, hiciera profesión de su fe, y patente la manera de reaccionar su espíritu ante los problemas morales, aunque a diario pecara siete veces, las siete que el justo, con ser justo, flaquea.
Quizá por esa razón los que han sentido la preocupación de poner a punto el espíritu de los oficiales y de la tropa se han visto obligados a improvisar una norma de conducta a la que un poco caprichosamente han llamado «moral militar». Y como guía para orientarse hacía ella, un concepto difícilmente aprehensible, porque ni se establece sobre un apoyo sólido ni es, por falta de base, posible definir inequívocamente: «el deber»; concepto éste que según Spencer, estaba abocado a desaparecer del acervo de ideas de una humanidad en la que el progreso moral sustituiría el deber por la virtud pura.
No se puede pensar sin dolorosa angustia en la dramática situación de tantos de nuestros compañeros a los que en las horas difíciles de la revolución y de la guerra se les presentó con apremios de urgencia y sin posibilidad de elusión. La nómina de los heroicos militares que ofrece el anecdotario de la España Republicana es el índice de la supervivencia del espíritu religioso castrense. Por el contrario, el inventario de flaquezas, que en la misma clase militar no fueron debidas a estímulos exclusivamente materiales y, por lo tanto ajenas a toda especie de moral, es la prueba palpable del fracaso de aquella deleznable moral militar laica.
Pero una supuesta moral militar laica no sólo es inválida para los momentos de grave confusión, lo es también en las demás ocasiones de la vida ordinaria, en la que si no siempre se revela su quiebra, un espíritu despierto no puede dejar de adivinarla inconsistente, blanda, propicia a todas las deformaciones y expuesta siempre a graves riegos.
Y esto cualquiera que sea la categoría de quien pretenda inspirar en ella su conducta, desde el general hasta el soldado.
Por eso parece juicioso abordar la cuestión de frente y considerar cada uno de los deberes militares elementales en nuestra civilización a la luz de la moral cristiana.
Enrique Area Sacristán.
Teniente Coronel de Infantería.
Doctor por la Universidad de Salamanca

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