La vanidad del Dr. Cum Fraude Falconeti.

Consecuencia de la vanidad, orgullo de la persona que tiene en un alto concepto sus propios méritos y un afán excesivo de ser admirado y considerado por ellos aunque en este caso todo sea un montaje falso, que no del orgullo, es, a veces, la persecución encarnizada de este hombre y de las distinciones, a la que se dedica por una especie de instintiva inclinación; ni unos ni otras tienen valor nunca a nuestros propios ojos cuando se posee un espíritu fino y elevado, y a los de los demás sólo cuando se reconoce que han sido ganados por un esfuerzo inteligente y fecundo, y que si es legítimo, o al menos inevitable, por ser hijo de la humana naturaleza, un afán mas o menos difuso de alcanzar la gloria, perseguirla con demasiado ahínco, y aún más que a la gloria a los vanos fantasmas de ella que toman formas y colores tan caprichosos como los que en nuestra civilización se estilan, empuja violentamente al ridículo y llama insistentemente a la burla como la del Dr. Fraude Falconeti si no fuera por la tragedia a la que nos ha llevado.

De otra naturaleza y harto más disculpable es un humanísimo sentimiento de dolor que raras veces puede reprimirse ante la indiferencia que muchas veces siente, o afecta sentir, por la obra propia, los que le oímos mentir como un bellaco en sus comparecencias en los medios, sin ponerse de luto por miles de defunciones de conciudadanos, en los que no nos aclaró ni el agua…, poca valentía demuestran los bellacos que, cual cazadores furtivos, asesinaron a ancianos por la espalda. Hiere su desvío; pero hiere más aún la ignorancia real o fingida de la labor realizada.

Y si lisonjeara tu espíritu la presunción de hallarte limpio de la mancha de orgullo o de vanidad, guárdate de hacer de ella una creencia firme porque los demás no nos la creemos; la voz que ya escuchaste vuelve a alzarse para decirte que, en este punto nadie está libre de pecado: “Encuéntrase personas exentas de liviandad, de codicia, de envidia, de odio, de espíritu de venganza; pero libre de esa exageración del amor propio, que según es su forma, se llama orgullo o vanidad, no se halla casi nadie, bien podría decirse que nadie. El sabio se complace en la narración de los prodigios de su saber; el ignorante se saborea en sus necedades; el valiente cuenta sus hazañas; el galán sus aventuras; el avariento ensalza sus talentos económicos; el pródigo su generosidad; el ligero pondera su viveza; el tardío su aplomo; el libertino se envanece de sus desórdenes, y el austero se deleita en que su semblante muestre a los hombres la mortificación y el ayuno”.

Ante esta certeza que puedes en ti mismo comprobar si sometes tu espíritu a una severa, desapasionada y desideologizada introspección, fuerza será que, si no para barrer de tu espíritu tales vicios, para combatirlos te armes de todas las armas, de entre las cuales el mismo Balmes señala en otro pasaje la más eficaz: el ridículo…; “el ridículo, que no sólo se emplea con fruto contra los demás, sino también contra nosotros mismos, viendo nuestros defectos por el lado que se prestan a la sátira…”. Sátira que en tu caso no puede ser graciosa y libre, cuanto hay miles de familias de españoles como testigos, hiere la reputación, todo hace perder en la opinión de los demás, que llega a ser expresada con palabras y sin la sonrisa burlona que hace asomar a los labios cuando se extingue antes de nacer.

Un pensamiento de esta clase ocurriendo en la agitación causada por las pasiones, produciría un efecto semejante al de una palabra juiciosa, incisiva y penetrante, lanzada en medio de una asamblea turbulenta si tuvieras buen juicio y humildad. Pero sólo tenemos de ti un recuerdo de la falta de decoro, sin consideración al lugar a la Patria y a las personas; ni una reconversión amistosa; una delicada ironía; nada más que una sucia y fraudulenta apelación a la unidad de todas las fuerzas políticas a las que intentaras engañar como nos has engañado a todos los españoles para que la pasión se amortiguase.

Enrique Area Sacristán.

Teniente Coronel de Infantería.

Doctor por la Universidad de Salamanca.

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