El «diez» en el que nos cagamos tan alegremente era francés.

Nadie, o casi nadie, sabría decir qué resulta más asombroso: si la afición hispánica por las blasfemias o el recato americano, que no las conoce. En la Península Ibérica, existen expresiones que harían temblar los cimientos de las monumentales iglesias esparcidas en su territorio. Insultos a la divinidad, tan fuertes, que se insinúa la sospecha de una creencia profunda y arraigada, a tal punto, que, como se dice, “la confianza da asco”. La relación del blasfemo con su objeto de escarnio es la del sacristán con la iglesia que le toca custodiar: vive dentro de ella, nada le causa reverencia o temor. Hay expresiones que ocultan tremebundas y escalofriantes rebeliones contra el santoral católico. Cuando uno escucha a una recatada señorita exclamar: “¡Me cachis en la mar!” sabe que detrás de la expresión de película de los años 50 está la terrible frase: “¡Me c* en la madre (del cordero)!”, esto es, en la Virgen María. Un poco como el “¡Pardiez!” de las tiras cómicas (tebeos, según los manuales de enseñanza del español). Esconde el juramento “¡Por Dios!”, cósmica infracción al primero de los diez mandamientos mosaicos. De la misma ralea es el más explícito “¡Me c* en Dios!”, moneda común en la conversación ibérica, en la ciudad y en el campo.

Alguno me podría objetar la mojigatería de usar asteriscos en lugar de las fuertes palabras que sustituyen. No es mojigatería. Estoy tratando de burlar al algoritmo, ese remedo de inteligencia usado por las plataformas informáticas para censurar a sus usuarios. El algoritmo es ciego, pero no sordo, y cuando oye alguna palabra que el programador le ha ordenado hacer callar, le aplica la guillotina. Esa sí que es cancel culture, pero, si aplicada por los poderosos, todos a obedecer y a callar.

Un ejemplo de diversidad cultural se da en la América Hispana. Allí no hay ninguna instrucción sobre lo políticamente correcto, pero por razones que están por averiguarse, nadie pronuncia las blasfemias tan comunes en España o Italia. Un hispanoamericano se queda de hielo, espantado, cuando escucha esos terremotos teológicos. Le parece haber oído mal, se siente culpable de haber escuchado tamañas cosas, si fuera creyente se iría a confesar. El respeto a la divinidad no viene de edictos o decretos del Estado, viene de todas las genealogías que lo preceden, de la antigua unión del ser humano con la naturaleza enraizado en sus culturas antiguas. El español americano está, como diría un amable señor que conocí hace años, lleno de recovecos y culipandeos. O asemeja a Fray Servando Teresa de Mier, mexicano que, cuando llegó a Madrid, se esmeraba tanto en saludar con exquisita politesse y devoción, que mereció el apodo de “el Reverencioso”. Para un español de la Península, llamar a la parte más baja de la espalda con el nombre de “culo”, es como decir que un dedo es un dedo y una mano es una mano. Un latinoamericano promueve el eufemismo: “las asentaderas”, “posaderas”, “el trasero”. Un amigo español puede preguntarte: “¿Cómo está tu madre?”, sin saber que en América Latina la palabra “madre” no se dice en esos términos. Nadie dice “mi madre”. Dice: “mi mamá”. Y, lamento repetirme, no se trata de lenguaje políticamente correcto. Se trata de diversidad cultural. Pues a la pregunta de “¿Cómo está tu madre?”, siendo “madre” vocablo ofensivo, respóndese: “¡La tuya!” y nos vamos a las manos. 

Voy a explicar una expresión suave para que nadie se ofenda cuyo significado nada tiene que ver con lo que la mayoria de la gente cree. Creo que un me cago en Diez de vez en cuando no hace daño a nadie.

Si preguntas por ahí cuál es el origen de esta frase, habrá muchas personas que te digan que cagarse en diez es una forma de expresar cabreo e indignación sin recurrir a la blasfemia. En otras palabras, ese diez se diría como sustituto de la palabra Dios.

Sin embargo, esta teoría es totalmente errónea ya que Diez es como suena fonéticamente el apellido de una persona que fue muy odiada en nuestro país. Estoy hablando de Jean François D’Huez, un sanguinario general francés del ejército de Napoleón que aterrorizó las regiones de Murcia, Almería y Albacete. Tanto odio suscitó a las gentes de estas provincias que su nombre comenzó a utilizarse en esta expresión que denota cabreo y, sobre todo, indignación.

Hay que decir, a modo de curiosidad, que este general fue tan famoso y recibió tanto reconocimiento por parte del ejército francés que a la localidad donde nació se le otorgó su nombre, al igual que a su famoso puerto de montaña, el Alpe D’Huez, que todos conocemos gracias al Tour de Francia.

Así que ya lo sabéis, cada vez que soltéis un me cago en Diez, ese Diez va con mayúsculas por tratarse de un apellido y no de un número. Y recordad también, que para depositar vuestros excrementos en él tendréis que subir un puerto de montaña; lo de hacerlo en bici ya es opcional.

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