Vacunas y mujeres. Todas ellas excepcionales.

La ciencia ha sido, tras la gran guerra, la profesión más masculinizada de la historia debido a la exclusión sistemática de las mujeres del conocimiento. A pesar de ello, siempre ha habido mujeres que han contribuido al avance de la ciencia, pero también ellas han sido borradas de la historia. Tal fue el caso de dos mujeres excepcionales que realizaron importantes contribuciones a procesos de vacunación. Recordemos que una vacuna es un fármaco que enseña a nuestro sistema inmunitario a responder de forma rápida y eficiente ante un patógeno, librándonos así de padecer la enfermedad causada por dicho patógeno. 

No hay libro, revista o sitio de Internet que roce la historia de la medicina que no mencione a Lady Mary Wortley Montagu como introductora en Europa de la variolización o inoculación, antecesora de la vacunación anti-variólica. Rara vez se transcribe el texto completo de su descripción del procedimiento, tal como se practicaba en el Imperio Otomano en 1717, y el texto y su autora, la excéntrica, observadora, viajera y buena escritora Mary se merecen algo más que repetir un lugar común en una revista médica.

Trataré de reparar esa falta. Antes presentamos la persona y las circunstancias de su observación, a la que ella valoró como benéfica para prevenir los daños de la viruela, y su campaña para difundirla. Mary no era de quedarse en palabras.

En la biografía seguiremos, casi siempre, el artículo de Isobel Grundy en el Oxford Dictionary of National Biography. Mary nació en 1689, hija de Evelyn Pierrepoint, conde de Kingston, luego marqués de Dorchester. Mary fue una autodidacta de talento. De niña “robó” su educación en la biblioteca de la casa paterna; cuando todos creían que estaba leyendo romances estaba aprendiendo por su cuenta latín.

Dicen que aprendió italiano con ayuda de su padre, años después aprendió francés y algo de turco. A los 14 años había llenado álbumes con poemas, una novela y una comedia. A los 23 años, en 1712, se fugó y casó con Edward Wortley Montagu. El padre de Mary no lo aceptaba como yerno y ya había arreglado el matrimonio con otro candidato. Tuvieron un hijo poco después. A los 26 años la viruela casi la mata, le arruinó la cara y perdió las pestañas. En 1716 su marido fue nombrado embajador en Turquía, llegaron a Adrianópolis (Edirne) en abril de 1717. Cruzaron Europa por tierra, un viaje zigzagueante de no menos de 10 meses atravesando batallas y bosques con lobos.

La obra literaria mayor de Mary son sus Letters, los destinatarios su familia, amigos y conocidos de su mundo de nobles, políticos y literatos.

Mary guardaba copias, estaban escritas para perdurar y publicar. En una de ellas, dirigida a su hermana en junio de 1726, dice: “El último placer que cayó en mi camino fueron las cartas de Madame de Sévigné; son muy lindas, pero te aseguro, sin la menor vanidad, que las mías estarán tan llenas de entretenimiento hasta dentro de cuarenta años”. No se equivocaba, son tan entretenidas hoy como hace más de dos siglos. De esas cartas, seleccionadas y publicadas con diversos títulos, las más conocidas son las que escribió desde Turquía, entre ellas la que describe la variolización.

Aunque el descubrimiento de la vacuna contra la viruela suele atribuirse a Edward Jenner en 1796, la primera persona que introdujo el proceso de vacunación en Gran Bretaña fue lady Mary Wortley Montagu. En el siglo XVIII, la viruela era una enfermedad terrible, responsable de la muerte de casi medio millón de personas al año solo en Europa, entre ellas al único hermano de lady Mary. Durante su estancia en Constantinopla, ciudad en la que residía con su marido, embajador del Imperio Británico en la corte otomana desde 1716, lady Montagu observó que la viruela era padecida allí de forma benigna debido a que los niños eran inoculados con un destilado de las pústulas de las personas enfermas que dejaban secar al sol.

Decidió inocular a sus hijos, que quedaron así inmunizados, y tras volver a Gran Bretaña dio a conocer este descubrimiento a la familia real. La vacuna se probó en un grupo de condenados a muerte a los que les conmutaron la pena, y luego con niños del hospicio. Como ambos grupos quedaron inmunizados, la princesa de Gales se decidió a inocular a sus hijos para librarlos de esta terrible enfermedad. Tras ellos se vacunó la alta sociedad inglesa, pero cuando parecía que la viruela iba a ser desterrada de Gran Bretaña, la iglesia anglicana declaró la práctica de la inoculación “herejía musulmana” y los médicos, descontentos con la iniciativa de una señora sin formación médica que los iba a dejar sin pacientes de viruela, criticaron el proyecto. La inoculación fue prohibida y la viruela siguió cobrándose víctimas durante 70 años más.

Isabel Zendal hizo su aparición estelar poco después del descubrimiento ‘oficial’ de la vacuna de la viruela, cuando zarpó del puerto de A Coruña a bordo de la corbeta ‘María Pita’ a las órdenes de Francisco Balmis, cirujano de cámara del rey. Según Antonio López Mariño, autor del libro ‘Isabel Zendal Gómez en los archivos de Galicia’.

Isabel Zendal Gómez procede de una familia de labradores pobres, en el rural gallego. Emigra a A Coruña y, siendo madre soltera, alcanzará a ser rectora de la Casa de Expósitos. En 1803, como parte del equipo médico de la Real Expedición Filantrópica de la Vacuna (REFV), emprende un viaje intercontinental de cuatro años, acción que la acredita como la primera enfermera en misión internacional de salud pública. Cuidaba del único eslabón imprescindible de la REFV: los expósitos, entre 2 y 9 años, que –mediante trasvases de brazo a brazo– llevaron hasta América y Asia la primera vacuna conocida, el antídoto contra la viruela. Una vida extraordinaria, desde la sima de un origen muy marginal hasta la más alta cima del desconocimiento ciudadano. A pesar de la gran gesta que protagonizó, las huellas de Isabel Zendal se perdieron y no se han reencontrado hasta fechas muy recientes.

Aunque la viruela fue erradicada de la Tierra, hoy una nueva pandemia azota la humanidad, habiendo causado la muerte de más de dos millones y medio de personas en poco más de un año. En este tiempo hemos aprendido mucho sobre el virus que la produce, el SARS-CoV-2, pero nuestra mayor y mejor esperanza proviene de los trabajos que comenzó a realizar una investigadora húngara, Katalin Karikó, hace 30 años. Su objetivo era desarrollar un nuevo tipo de vacunas que no requirieran introducir en nuestro cuerpo patógenos atenuados, sino las instrucciones para que nuestras propias células produjeran las proteínas del virus, las cuales debían activar nuestro sistema inmunitario, conocidas como vacunas de ARN mensajero.

Hoy es más evidente que nunca que el mundo necesita la ciencia. Y la ciencia no puede prescindir del talento de las mujeres.

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