El Parlamento o «Armarse la de Dios es Cristo»

Esta expresión, «armarse la de Dios es Cristo», se usa para hablar de broncas colosales en las que todos gritan y nadie se entiende, como en la Cámara Baja estos últimos días. Estamos muy acostumbrados a verlas en reuniones de vecinos, cenas de Navidad o programas de debate sobre temas tan sesudos como si las bragas de Fulanita de Tal son o no son de mercadillo y, ahora, para ver cómo nuestros dirigentes ejecutivos y legislativos discuten acaloradamente sobre una visión antagónica de nuestra Nación que nos va a llevar a un enfrentamiento más pronto que tarde.

Algo así debió ser lo que ocurrió en el primer concilio ecuménico de Nicea, evento que dio lugar a este dicho que tuvo lugar allá por el año 325 y fue organizado por el emperador Constantino I el Grande por consejo de su asesor religioso, el obispo Osorio de Córdoba.

En dicho Concilio se trataba de discutir sobre las dos opiniones encontradas sobre la naturaleza humana y divina de Cristo cuya discusión parece se ha trasladado al Parlamento español por los ejemplos que nos ofrecen .

De un lado estaba Arrio, que decía que Cristo era hijo de Dios, pero no Dios mismo, Presbítero de Alejandría que llevaba con esta idea desde el 318 d.C, apoyado por el prestigioso Eusebio de Nicomedia; por otro lado estaba la teoría de Alejandro, Obispo de Alejandría, representante de la “corriente oficial” que establecía que Cristo era verdadero hombre y también verdadero Dios, teniendo por tanto una doble naturaleza como las soluciones del programa de los social-comunistas: el empobrecimiento y alfabetacización, saber leer y escribir sin comprender lo que se lee ni entender lo que se escribe, de los ciudadanos y el enriquecimiento personal de la oligarquía.

Al parecer el lío fue monumental, se produjeron peleas, riñas y lo más suave fueron las discusiones acaloradas… dando lugar a una expresión que ha llegado hasta nuestros días.

Constantino simpatizaba con los cristianos y bajo su mandato autorizó a estos a reunirse abiertamente y a profesar su religión sin temor a represalias. Pero ocurría que andaban los seguidores de Cristo muy dispersos y muy a lo suyo, sin que llegaran a ponerse de acuerdo en cosas como si Jesús era o no era Dios. Así que el buen Constantino consiguió reunir a unos cuantos en Nicea, entre los que acuden el principal defensor de que Cristo no era divino, el presbítero Arrio, y los que defendían la doble naturaleza divina y humana del hijo de Dios, como Alejandro de Alejandría, nombre original como pocos, vive Dios.

Tan píos señores serían muy cristianos, nadie lo pone en duda, pero también bastante ordinarios si juzgamos por los gritos que allí debieron producirse. Así que entre santos berridos y desgañites, el concilio dio como resultado la proclamación como hereje de Arrio y sus amigos y la introducción en el Credo católico de eso que decía, hablando de Jesucristo: «Dios de Dios, Luz de Luz, Dios verdadero de Dios verdadero, engendrado, no creado, de la misma naturaleza que el Padre…» Qué creyente, pensaréis alguno. No, simple presunción. Que se note que estudié en un colegio de curas, que si bien no me acercó mucho a la Iglesia católica, eran curas vasco etarras, me ha dado una cultura general en materia católica, como queda demostrado aquí.

Esta sería la tesis mayoritaria. Sbarbi, sin embargo, cree que «armarse la de Dios es Cristo» tuvo su origen en el canguelo que les entró a los judíos que mataron a Jesús ante tanto temblor de tierra y tanto relámpago furibundo que se produjo en el Calvario, en el mismo momento en que el nazareno expiraba. Entonces, y solo entonces, más de uno se convenció de que el asesinado no era otro más que el Hijo de Dios y es muy probable que gritara lo de «Dios es Cristo» con tal de no ser tragado por la tierra, como puede ser que suceda si se pone en jaque la unidad de España y los principios de la Constitución y, los Ejércitos y las FCSE, se atribuyen el derecho y el deber de intervenir como bien dice el artículo supracitado en los últimos años como es el 8ª de nuestra Carta Magna.

Ni Covarrubias ni Correas citan esta frase, nos dice José María Iribarren. Como mucho, Correas sí habla de la expresión: «A lo de Dios es Cristo. Como a lo rufo y fanfarrón». Queriendo decir rufo «a lo rufián, por el vestido y el semblante que uno lleva con desgarro». O sea, nada que ver con lo dicho hasta ahora pero que también se puede aplicar a algunos políticos mediocres de izquierda «por el vestido y el semblante que llevan con desgarro»: “Quien diga que esto es absurdo, una pérdida de tiempo o mucho peor aún, que esto es una traición al pueblo de Cataluña, es porque se lo puede permitir, es porque lleva demasiado tiempo llevando chaquetas de 1.000 euros, paseando bolsas de Michael Kors por la calle o demasiado tiempo cobrando sueldos públicos», ha exclamado Rufián, sin llegar a citar por su nombre a la portavoz posconvergente, como podía haber citado a cualquiera de los que se sientan en el hemiciclo o en muchos otros puestos de la Administración General del Estado cuando en la calle ya hay muchas familias pasando hambre y penurias.

Enrique Area Sacristán.

Teniente Coronel de Infantería.

Doctor por la Universidad de Salamanca.

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