El Ejército no es mudo y ciego.

No; en contra de lo que piensan ya algunos españoles con ocasión del caso vasco-catalán, pregonando que van a Madrid a destruir España, al Ejército y a la Guardia Civil le quedan absolutamente expeditas las facultades de ver y de discurrir; la virtud de la abnegación y el deber de la obediencia no las obnubilan. Esto es lo que, dicho con palabras de Collingwood, constituye “la verdadera grandeza que debemos buscar en las armas, la que, así entendida, eleva nuestra profesión por encima de todas las demás, y la que hará siempre digna de admiración la memoria de algunos de nuestros compañeros, cualquiera que sea el porvenir de la guerra y de los ejércitos”. Y es lo que da a quienes con este espíritu sirven la “paz interior que nace del sentimiento del deber sagrado, y de la modesta indiferencia de un soldado a quien importa poco que su nombre sea célebre con tal de que la cosa pública prospere”.

En realidad, tanto unos como otros, Ejército y Guardia Civil, piensan de este modo, no hay descontento en el oficio, que les hubiera apartado de él, ni detraen éstos a los demás haciéndoles participes del desaliento que pudiera ocasionar la escasa retribución en comparación con aquellos que se han proclamado desde las Instituciones de gobierno y de seguridad de Cataluña y Vascongadas en contra de la Unidad de España; pero esta actitud de estos individuos politizados, para que cumplieran con sus obligaciones cívicas, hubiera exigido de ellos aquel estado de espíritu, que dictó a uno de nuestros claros varones un mote para su escudo que es, en cierta medida, la antítesis del espíritu que informan los Directores políticos de las Policías de estas Regiones tan españolas: “Dar es señorío, y recibir, servidumbre”.

Juan Ginés de Sepúlveda, en uno de sus Diálogos, pone en boca de Gonzalo de Córdoba una bella anécdota.

“Yo he visto, dice, a un abanderado en una batalla que tuvimos con los franceses, que, perdido el brazo con el que sostenía la bandera, la tomó en la mano izquierda, sin retroceder, juzgando ignominioso dejar el lugar, una vez ocupado, y poco después, atacando el enemigo que buscaba sobre todo apoderarse de aquella bandera, perdió también la mano izquierda. Y entonces, encendido el ánimo por la gloria y decidido a no perder antes la bandera que la vida, la estrechó entre sus brazos truncados, y quedó allí sin moverse, hasta que el enemigo huyó rechazado por el valor de los nuestros. Y este soldado, después de la victoria, fue llamado por mí y le alabé por su hazaña. Y me parece que con la alegría de tanta gloría no sentía el dolor de las heridas”.

No es cuento, sino que ocurrió en el Garellano, 6-VI-1503, y el Álferez abanderado se llamaba Hernando de Illescas. El ejemplo de la hazaña no se perdió; y en el curso de siglos y de guerras muchos españoles cayeron al pie de las banderas que defendían, sin perder pie, si no era para ponerlo firme en el camino de la gloria.

Estoy convencido que nuestros soldados y Guardias Civiles saben morir en defensa de la bandera española, que carecería de sentido si la bandera sólo fuera un guión brillante, un distintivo ornamental y decorativo.

Si a cada nación, a cada patria, se la hubiera podido cobijar bajo un inmenso pabellón, cada una hubiera adoptado para él unos colores distintos. Como eso no es posible, ha sustituido el pabellón por una representación concisa: una bandera; y el grácil pedazo de tela ha concentrado en sí todas las esencias nacionales.

Cada uno de nosotros ha puesto en él aquello que más ama o que más le duele. Y por esto si estamos dispuestos a morir.

Uno no sabe bien lo que es la bandera hasta que la ha visto ondear entre tiros en Afganistán, Líbano, Mali…, Vascongadas y Cataluña, irguiéndose, acezando; entonces ha sentido a la patria rescatando su propio ser y ha podido explicarse que la bandera es efectivamente el emblema que la patria confía a sus soldados para hacerse presente con ellos.

Y en esto si tienen razón algunos equivocados como el que se explaya en “Servidumbre y grandeza de las armas”, cuando afirma: “el amor a la patria es bastante grande para llenar todo un corazón y ocupar toda una inteligencia”.

Enrique Area Sacristán.

Teniente Coronel de Infantería. (R)

Doctor por la Universidad de Salamanca.

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