El ‘caso Delcy’ y el coronel Blanes.

Voy a explicar en este artículo los actos por los que no debe pasar desapercibido tu nombramiento, funcionario público, como Jefe de la Comandancia de Madrid después de haber sido nombrado tras tu ascenso de forma casi secreta o desapercibida por y para la sociedad.

La corrupción consiste en el […] abuso de posiciones de poder o de confianza, para el beneficio particular en detrimento del interés colectivo, realizado a través de ofrecer o solicitar, entregar o recibir bienes o dinero en especie, en servicios o beneficios, a cambio de acciones, decisiones u omisiones […]. El Banco Mundial define la corrupción como el “uso indebido de servicios públicos para beneficio personal”.

Para los fines de este artículo “se define como corrupción al fenómeno por medio del cual un funcionario público es impulsado a actuar de modo distinto a los estándares normativos del sistema para favorecer intereses particulares a cambio de una recompensa. Corrupto es, por lo tanto, el comportamiento desviado de aquel que ocupa un papel en la estructura estatal (…). La corrupción es un modo particular de ejercer influencia: influencia ilícita, ilegal e ilegítima. Esta se encuadra con referencia al funcionamiento de un sistema y, en particular, a su modo de tomar decisiones.”

Bajo el esquema utilizado tradicionalmente, la corrupción también puede ser tipificada como pequeña y gran corrupción.

La “pequeña corrupción” puede ser entendida “como el conjunto de actos en que se conceden servidumbres, ventajas o tratamientos preferenciales en contratos de bajo monto o en trámites ante el Estado”.

La gran corrupción o “corrupción a gran escala”, consiste en actos cometidos en los niveles más altos del gobierno que involucran la distorsión de políticas o de funciones centrales del Estado, y que permiten a los líderes beneficiarse a expensas del bien común.

“Si la corrupción es -como dice la propia Comisión Europea- el abuso de poder o la incorrección en el proceso de toma de decisiones a cambio de un incentivo o ventaja indebida, entonces España es un país profundamente corrupto”.

La corrupción política se refiere a los actos deshonestos o delictivos cometidos por funcionarios y autoridades que abusan de su poder e influyen a realizar un mal uso intencional de los recursos financieros y humanos a los que tienen acceso, anticipando sus intereses personales o los de sus allegados, para conseguir una ventaja ilegítima generalmente de forma secreta y privada. El término opuesto a corrupción política es transparencia. Según Hernández Gómez (2018), la corrupción se define como «toda violación o acto desviado, de cualquier naturaleza, con fines económicos o no, ocasionada por la acción u omisión de los deberes institucionales, de quien debía procurar la realización de los fines de la administración pública y que en su lugar los impide, retarda o dificulta». Por esta razón se puede hablar del nivel de corrupción o de transparencia de un Estado legítimo.​Muchos pagan sobornos en efectivo o en especie para poder recibir una educación o un tratamiento médico adecuado, para acelerar trámites administrativos o para evitar pagar una multa. Las formas de corrupción varían, pero las más comunes son el uso ilegítimo de información privilegiada y el patrocinio; además de los sobornos, el tráfico de influencias, la evasión fiscal, las extorsiones, los fraudes, la malversación, la prevaricación, el caciquismo, el compadrazgo, la cooptación, el nepotismo, la impunidad y el despotismo.​ La corrupción facilita a menudo otro tipo de hechos criminales como el narcotráfico, el lavado de dinero, la prostitución ilegal y la trata de personas, aunque por cierto no se restringe a estos crímenes organizados y no siempre apoya o protege otros crímenes.

La corrupción policial es una forma de mal comportamiento policial, frecuentemente, constitutiva de delito, consistente en el uso indebido de sus atribuciones, recursos o información con el objeto, de obtener provecho económico o de otro tipo, así como avances en la carrera profesional e incluso fines políticos. Este mal comportamiento consiste frecuentemente en el soborno, el chantaje o el uso selectivo de la persecución, investigación o arresto de terceros.

Hay dos categorías muy diferentes de corrupción administrativa: la primera acontece cuando por los actos corruptos se cometen “de acuerdo con las reglas” y la segunda cuando las operaciones se desarrollan “en contra de las reglas”. En el primer caso, un funcionario está recibiendo un beneficio de parte de un particular por llevar a cabo algo que debe hacer, según lo dispone la ley. En el segundo caso, se cometen actos de corrupción para obtener servicios que el funcionario tiene prohibido proporcionar. La corrupción “de acuerdo con la ley y contra la ley” puede ocurrir a todos los niveles gubernamentales y oscila desde la “gran corrupción” hasta las más comunes y pequeñas formas en la escala de esta.

“Para regenerar la democracia española se necesita imperiosamente que todos y cada uno tomemos conciencia de nuestra propia responsabilidad en la tarea, de la necesidad de romper con ciertas complicidades -necesariamente beneficiosas- pero profundamente injustas, y de alzar la voz contra los abusos”.

Por otra parte, hace unos años, en una reunión, oí de labios de uno de los participantes una afirmación a propósito del futuro de Europa que me llamó entonces la atención y sobre la que no he dejado de reflexionar. Dijo: “El futuro de Europa estará en manos de quienes tengan ley y sean fieles a ella”. Y, en conversación privada, explicitó que le había impactado cómo en muchos y muy distintos sentidos, en España estábamos perdiendo el respeto por la ley; esto es, observaba cómo, en general, el pueblo español había entrado en un proceso de pérdida de la lealtad.

Efectivamente, la filología nos muestra la conexión etimológica entre lealtad y ley. Así, el diccionario de la RAE recoge, como uno de los sinónimos de lealtad, la palabra legalidad. El significado se enriquece cuando a la anterior familia léxica (ley, legalidad, lealtad) se le añade la idea de fidelidad. En este mismo diccionario se define lealtad como el ‘cumplimiento de lo que exigen las leyes de la fidelidad…’, y se considera leal al que ‘guarda a alguien o algo la debida fidelidad’. Por oposición, son evidentes los sentidos de deslealtad sobre los que no trataré para no alargar el ya largo artículo, justificando, al hacerlo, el título que encabeza este artículo. Pero volvamos de nuevo a la idea de lealtad para poder entender luego lo que comporta su ausencia. Nuestra tradición literaria, a la que por formación y vocación profesional recurro frecuentemente, nos brinda, como siempre, ejemplos sustanciosos en los que apoyarme. Releyendo estos días pasados el Libro de los doce sabios, también llamado Libro de la nobleza y lealtad, encontré en el capítulo I, titulado “De las cosas que los sabios dicen y declaran en lo de la lealtad”, un conjunto de consideraciones sobre lo que puede entenderse por lealtad. Los distintos sabios, de manera concisa, van exponiendo qué es la lealtad. Entresaco algunas de las definiciones más interesantes:

Lealtad es muro firme.

Lealtad es morada por siempre.

Lealtad es árbol fuerte.

Lealtad es prado hermoso.

Lealtad es vida segura y mente honrada.

Lealtad es madre de las virtudes…

Lealtad es movimiento espiritual, arca de durable tesoro, raíz de bondad, destrucción de maldad, libro de todas las ciencias…

Notemos que en estas definiciones se insiste en la idea de firmeza: muro firme, morada siempre hermosa, árbol con raíces profundas, prado siempre verde, etc. En este mismo libro, en el capítulo XXIV, se insta a amar a quienes son leales, pues su firmeza llega a tanto que son buen cimiento sobre el que poder construir. La bondad del hombre leal se deriva, en conclusión, de la seguridad que da el saber que ni todo el oro del mundo será capaz de torcer su voluntad: Ama a los leales y témplalos en su codicia, y a los que son de buena voluntad, y sobre estos tales afirma, como quien arma sobre buen cimiento, y puedes fiarte totalmente de ellos; aunque no tengan muchos tesoros, hallarás en ellos muchedumbre de buenas obras y de virtudes que te tendrán más provecho, porque no se puede comprar la virtud del hombre bueno y leal; que el codicioso desordenado hoy te dejará por otro que más le dé, aunque le hayas hecho todos los bienes del mundo; que donde hay mucha codicia no puede haber amor, ni fe, ni lealtad, sino todo movimiento de voluntad y obra.

De esta firmeza deriva la fidelidad entendida como constancia inquebrantable. Esta visión que nos ofrece la literatura es sólo una pequeñísima muestra de cómo nuestra tradición cultural española ha ido conformándose de acuerdo con unos valores dignos de ser tenidos en consideración, y la lealtad ha sido uno de ellos; una lealtad referida tanto a la observancia de la ley como al respeto a la palabra dada.

Asimismo, miedo, te explicaba entonces y te lo repito íntegramente ahora, es la expectativa de un mal futuro; por lo mismo que también admite alguna probabilidad de bien, encierra esperanza. Hay que distinguirlo del temor, un miedo razonado y capaz de prevenir lo temible, así como del terror, un miedo extremo paralizante, y de la desesperación que abandona toda esperanza para aguardar el mal seguro que hubiera sido sólo el cese pero que hubiera mantenido incólume tú honor de Guardia Civil. Pues bien, el miedo no es sino la otra cara del poder. Desear es desear poder y, a la vez, temer ver incumplido ese deseo; el miedo es el deseo de que lo temible no comparezca o de acumular poder para vencerlo…, junto con el temor a no poder. El apetito de poder, materializado en la aceptación de un puesto que no te correspondería si tuvieras honor, quedó demostrado en lo permisivo que demostrarte ser en el aeropuerto de Barajas por las consignas de unos mandatarios políticos ante la entrada de material venezolano sin pasar por ningún tipo de filtro, obedeciendo órdenes ilegales, impartiéndolas a tus subordinados, bien pudieran implicar, en aquél momento y en principio, una cierta impotencia real, igual que el miedo supone una impotencia pero contiene también alguna esperanza de superarla.

El miedo radical es el miedo a la muerte como tal, del que las otras figuras del miedo resultan sus síntomas o consecuencias. Pero el miedo específicamente político es el temor a la muerte violenta física o profesional, que adopta, según los tratadistas clásicos, varias formas:

1ª.- El miedo mutuo o natural, que es el miedo de todos a todos. Se trata de una pasión todavía pre-política pero sin ella el hombre carecería de motivo para ingresar en el orden civil. Es el miedo que impregna el estado de naturaleza o de guerra.

2ª.- El temor al estado de guerra o de conflicto político en este caso, o sea, el miedo mismo al miedo indefinido e insuperable. En tanto que producto último del estadio anterior, conduce a la voluntad de paz mediante la transformación del miedo mutuo en confianza recíproca o pacto social. La condición de posibilidad de este pacto es que haya miedo, pues quien no teme, no pacta; pero no un miedo extremo que desdeñe todo arreglo pacífico, Para que tal pacto sea válido es preciso que exista ese miedo natural, no un miedo sobrevenido o “justificado”, es decir el temor fundado a que la otra parte incumpla su parte en el pacto. Podemos decir que, en el caso de Barajas, nos encontramos en una situación en la que una de las partes cumple lo pactado, tú, y no tiene ese miedo natural imprescindible para crear pactos, ni temor a que el poder del Estado corrupto no cumpla con la otra parte agradeciéndole éste por su labor ilícita con puestos de importancia. Y así surge entonces:

3ª.- El miedo común o civil, que es el miedo al soberano o al Estado de derecho, el miedo de todos a uno. Pues no basta el mero conocimiento de las leyes naturales ni la alianza de muchos, si no se hace temer, para librarnos del miedo. El único remedio contra aquél miedo recíproco inicial es el miedo a un poder también común que entre todos hemos constituido y a un tiempo depositado en el soberano; esto es, el miedo al castigo no previsto legalmente y efectivo de facto por parte del corrupto mando político que no está contemplado en la Constitución bien por la intervención por parte del Estado de las Instituciones que gobiernan las Fuerzas de la Guardia Civil, a través del Ministerio del Interior, bien por el uso o dejadez efectiva de la fuerza contemplado en las Normas de actuación del Cuerpo en estas situaciones. De suerte que el poder del Estado llega tanto como su capacidad de infundir ese miedo común capaz de suprimir nuestro miedo mutuo. En cuanto que este ha reaparecido, ha desaparecido el poder soberano o del Estado como en el caso concreto del Aeropuerto de Barajas y “la venezolana”, donde tú eras responsable de la aduana. Lo que significa una deslealtad al Rey, a los ciudadanos, al Estado de Derecho y a las normas de honor que deben regir las actuaciones de todo Guardia Civil.

4ª.- El miedo del Estado mismo, que se manifiesta primero como miedo al poder de otro Estado, y que es señal de permanencia del estado de naturaleza y guerra en el orden internacional. La lógica del pacto social no descansaría hasta asegurar la paz perpetua… Pero también hay un miedo del estado hacia sus ciudadanos, el miedo de uno a todos, porque la multitud resulta temible a los que mandan, y les retiene así de caer en un poder absoluto, que es lo que puede pasar en España en general, con gentuza como la que tú has demostrado ser.

Así, pues, la falta de miedo y respeto a los ciudadanos de bien, justificado por una incompetencia manifiesta y mal intencionada por parte del gobierno de España, y a recibir dádivas y puestos que no te mereces en justicia según la Cartilla del Guardia Civil, por deshonrosa actuación, es la razón de ser de esta manifiesta sublevación contra la Ley que tú has materializado.

Por tanto, lo tuyo no es miedo, no es temor, no es terror, es traición y falta de honor, es corrupción para lograr unos pagos por parte de la más, todavía, corrupta clase política a la que has vendido tú conciencia para medrar en perjuicio de la Institución y de la Justicia y el compañerismo y lealtad que debe imperar entre todos los miembros del Benemérito Instituto; lo que has demostrado y confirmado sin duda alguna con tu aceptación de la Comandancia de Madrid de forma definitiva en el empleo de Coronel. Me reafirmo y traslado copia del artículo que escribí en su día debidamente ampliado tras el conocimiento de semejante acto de deslealtad con la Institución.

No esperamos que nos descubras nada del caso Delcy y sus maletas, que pasaron por la aduana de tu responsabilidad, porque todos sabemos que tu has sido y eres parte en él.

Que Dios te lo demande.

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