El nacimiento de España como Nación.

Los reyes visigodos, como buenos bárbaros, eran polígamos, por lo que a lo largo de su vida cambiaban de esposa como de calcetines. Esto, claro, no les sentaba muy bien a las féminas, sobre todo porque no solían gozar ellas mismas de privilegios semejantes. Así que muy pronto los dos aliados naturales, la Iglesia y las mujeres, se reconocieron. Unas tenían el poder y la influencia que los otros ansiaban y ellos defendían el dogmatismo monógamo que las otras buscaban. Sagarminaga Epalza lo describe después de varios siglos al finalizar la última guerra carlista cuando apunta quién fue responsable de las mismas: ¡Los curas y las mujeres¡ Para las tribus germánicas era algo muy simple: convertido el rey, convertido el pueblo. Por si fuera poco, los reyes conversos también recibían pingües beneficios, pues la conversión acarreaba la sacralidad de su persona y, también importante, la de sus genes.

Atanagildo fue el primer rey visigodo que usó manto, cetro y corona, aunque tuvo que ceder como contrapartida la zona del levante peninsular. Y problemas con la religión también los hubo. Los reyes germanos, y su pueblo, habían sido convertidos por el obispo hereje Arrio, quien no creía en la Santísima Trinidad. Sin embargo, la mayor parte de la población, los antiguos romanos, eran católicos obedientes de Roma, que sostenían que Dios es uno y tres a la vez.

Así prosiguió ese tira y afloja de las dos Hispanias, nosotros y ellos, tan español como las tardes de siesta o el paredón al amanecer, con los obispos de unos y otros intentando acercar al rey de turno a su ascua. Sin embargo, en tiempos de Leovigildo, uno de los reyes más justos de toda la saga y arriano como los anteriores, los católicos consiguieron convertir a su hijo Hermenegildo. Con el fanatismo del converso, no dudó en sublevarse contra el padre.

Al final, el padre acabó cantándole las cuarenta al hijo, que se cayó al poco tiempo sobre una espada ( enfermedad tan extendida en toda nuestra historia que fue, incluso, más habitual por estos siglos). Sin embargo, el padre, llamó a su otro hijo Recaredo (la monarquía goda era electiva, pero se las arreglaban para sucederse padres a hijos) y le aconsejó volverse católico. Que una élite con distinta religión nunca suele ser buena idea.

El caso es que este hijo sí le fue obediente al padre. Abjuró del arrianismo, organizó el tercer concilio de Toledo en el 589, dejó que los obispos proclamaran santo y mártir a su hermano difunto, se quemaron, por primera aunque por desgracia no última vez, todos los libros contrarios a la fe y la Iglesia Católica, romana y apostólica sucedió a la arriana en el maridaje con el Estado. Es de justicia reconocer que cuando la Iglesia no anda metida en política se le ocurren cosas muy productivas. Además de la tradicional ayuda y limosna, la Iglesia llenó el paisaje de monasterios que se convirtieron en focos y almacenes culturales que guardarían todo el saber sobre el mundo antiguo que, de otra forma, hubiera estado condenado a perderse. Gracias a eso hoy podemos hablar de Roma como lo hacemos. También pudieron engendrar personajes de tan alta categoría como el obispo San Isidoro de Sevilla, la máxima autoridad intelectual de su tiempo y escritor de la enciclopedia Etimologías, o el historiador Paulo Orosio.

Exaltado por la conversión del reino, San Isidoro pronunció una Alabanza de España (de laude Spaniae) modelo de otras posteriores y que, pese a su brevedad, es un texto fundamental para el estudio de la idea de España como nación:

“De todas las tierras que se extienden desde el mar de Occidente hasta la India tú eres la más hermosa. ¡Oh sacra y venturosa España, madre de príncipes y pueblos! (…) Tú eres la gloria y el ornamento del mundo, la porción más ilustre de la Tierra (…) Tú, riquísima en frutas, exuberante de racimos, copiosa de mieses, te revistes de espigas, te sombreas de olivos, te adornas de vides. Están llenos de flores tus campos, de frondosidad tus montes, de peces tus ríos (…)”

El trabajo de descripción de esta alabanza lo realiza Pio Moa en 2008, en Libertad Digital, desarrollándolo así:

“La novedad de esta alabanza de España se percibe al compararla con laudes anteriores, como la del galorromano Pacato, en honor de Teodosio: “Ella (Hispania) trajo al mundo los soldados más duros , los generales más hábiles, los oradores más expertos, los poetas más ilustres; ella es madre de gobernadores, madre de príncipes, ella dio al Imperio al insigne Trajano y luego a Adriano, a ella le debe el Imperio tu persona” ; o la referencia, del año 398, del poeta egipcio Claudiano a Hispania, “fecunda en buenos emperadores” y en “muchas princesas” (A Claudiano, uno de los mejores poetas de su tiempo se debe también un testimonio de la exhuberancia del Levante español, tierra “de rosas y de flores”, gracias a sus regadíos). Ya hemos visto asimismo cómo diversos autores hispanorromanos expresaron el orgullo por su origen, por los personajes famosos nacidos en la península o, en contradicción aparente, por hechos heroicos antirromanos como los de Numancia; pero todo ello dentro de un espíritu de integración en el mundo imperial. Ese espíritu cambia de raíz en la alabanza y concepción general de Isidoro: no solo atribuía a los tervingios, los primeros debeladores de Roma, un papel clave en la nueva nación, sino que remitía el Imperio al pasado y rechazaba los intentos de reconstruirlo, desde Constantinopla o de cualquier otro modo. Precisamente la familia de Isidoro, de la nobleza hispanorromana, había huido de la ocupación bizantina de Cartagena para instalarse en Sevilla, el mayor centro cultural y económico del reino. Era el momento de Hispania, de España.

¿Recogía Isidoro un patriotismo más extendido, o un sentimiento aislado del clero y algunas familias pudientes? No podemos saberlo con certeza, pero el episcopado, una red política paralela a la de la oligarquía goda, gobernaba a los hispanorromanos, de hecho y de forma más inmediata que el estado oficial. Y su influencia se extendía a los propios godos, los cuales incluso en el período arriano prefirieron mantener un trato aceptable con los jefes del catolicismo, para ceder finalmente a su influjo en el III Concilio. Los obispos eran entonces los líderes de opinión de la gente común, y los sentimientos patrióticos de esta, no debe olvidarse, suelen sobrepasar a los de sus dirigentes. Lo hemos visto con claridad en el siglo XX, cuando, según frase ideológica, “los trabajadores no tienen patria”. Parece razonable, por ello, suponer que el patriotismo expuestos en el Laus Spaniae no se limitaba ni mucho menos a unos pocos.

No solo Isidoro, también tres de sus cuatro hermanos, Leandro, Fulgencio y Florentina, desempeñarían un papel cultural y político de vasto alcance. A Leandro e Isidoro se debe ante todo la atracción de los godos al credo de Nicea. Leandro, el mayor de los hermanos, había convencido a Hermenegildo y tomado partido por él en su rebelión, lo que le costó el destierro a Constantinopla (donde conoció al futuro papa Gregorio Magno, entonces enviado de Roma, origen de una duradera amistad entre ambos). Vuelto a España, tuvo también parte en la conversión de Recaredo.

El éxito político de Leandro se acompañó de otro cultural de la mayor trascendencia: preocupado por la instrucción de los clérigos, creó una nutrida biblioteca, quizá la más importante de Occidente, para la que acopió cuantos manuscritos pudo de Hispania, y muchos otros de Roma, Constantinopla o África, conseguidos de su propia actividad o de refugiados y viajeros. La biblioteca contenía, como advertía la entrada de la misma, tanto obras cristianas como profanas, y convirtió a Sevilla en un centro intelectual de primer orden en la Europa occidental de entonces, quizá el de mayor importancia. Isidoro, formado en ese espíritu, continuó la obra de su hermano cuando, a la muerte de este, fue elegido a su vez obispo de la ciudad. Creó escuelas episcopales y un numeroso equipo de copistas mediante los cuales aumentó constantemente la biblioteca. Por indicación suya, el IV Concilio de Toledo, en 633, exigió a todos los obispos hispanos la creación de escuelas episcopales y seminarios, según el modelo de Sevilla, en las cuales debía enseñarse griego, hebreo, artes liberales, derecho y medicina.

Tanto Leandro como Isidoro fueron autores, asimismo, de obra escrita, aunque del primero solo se conserva su homilía, leída triunfalmente al final del III Concilio, sobre la conversión de los godos, y unas normas para la vida monástica femenina, elogio de la virginidad y el desprecio del mundo. La regla fue redactada para su hermana Florentina, fundadora, según la tradición, de hasta cuarenta monasterios, con un millar de monjas en total. De su otra hermana, Teodosia, prácticamente no se sabe nada.

  Es de Isidoro de quien se conserva el mayor número de obras. Su Laus Spaniae se encuentra en el prólogo a su Historia de los godos, los suevos y los vándalos, una obra desigual, en realidad un panegírico de la monarquía tervingia, con mezcla de elementos legendarios y reales, pero que aporta datos valiosos sobre la época. Isidoro es solo el más notable de un considerable número de clérigos interesados en salvar el legado clásico y elevar el nivel intelectual de la sociedad. Así, dedicó su vida al estudio y la escritura de obras teológicas o filosóficas como De la naturaleza de las cosas, libro de astronomía, astrología e historia natural, que testimonia los grandes retrocesos operados ya durante la época romana con respecto a Grecia, pero también la permanencia del interés por tales cuestiones. El libro, dedicado al rey Sisebuto, sugiere también el deseo de elevar el nivel cultural de, por lo menos, los altos dirigentes visigodos.

Pero su trabajo de mayor repercusión, extraordinariamente ambicioso para su época, fue Etimologías. La escribió ya en la senectud, cerca de los setenta años, con muchos problemas de salud y a petición, hecho también indicativo, de otro obispo muy preocupado por la cultura, Braulio de Zaragoza. La obra intentaba compilar el legado clásico y el cristiano, recogiendo a menudo directamente a autores que de otro modo habrían quedado desconocidos para la posteridad (no debe olvidarse que casi todos los documentos de que hoy disponemos sobre Roma y Grecia provienen de las copias realizadas en la llamada Edad Media), o reproduciendo a autores como Boecio. El libro engloba y amplía el sistema del trivium y el quadrivium, ideado por un autor africano de los siglos IV-V, Marciano Capella. Este sistema fundaría la educación medieval y sus desarrollos posteriores en Europa, hasta nuestros días. El trivium (gramática, lógica o dialéctica, y retórica) enseñaba las reglas del pensamiento y la expresión; el quadrivium (aritmética, geometría, astronomía –Isidoro describió la tierra como redonda– y música) enseñaba conocimientos generales científicos o prácticos. El libro de Isidoro incluía teología y otros temas eclesiásticos, historia natural, agricultura, derecho, literatura, medicina y otras muchas materias, y reintroducía a Aristóteles en la cultura occidental. Aunque sus versiones etimológicas caen en lo pintoresco, sus grandes méritos resaltan mucho más: se trata, en rigor, de la primera enciclopedia de la Europa occidental, labor posible, dentro de sus limitaciones, gracias a la biblioteca, magnífica para su tiempo, acumulada por Leandro; conserva un amplio acervo de conocimientos y autores que probablemente se habrían perdido; y su método preestablece los índices y la clasificación alfabética, de tanta difusión y utilidad posterior. Escrito en lenguaje conciso y sencillo, defendía los puntos de vista de Cicerón y Quintiliano en pro de un latín puro y elegante, no necesariamente arcaico, frente a la progresiva evolución del idioma hacia el romance más tarde conocido por mozárabe. Por todo ello Las etimologías se convertiría durante diez siglos en el libro de texto más usado en Europa, encontrándose unos diez mil ejemplares distribuidos por el continente.

El pensamiento político de Isidoro subraya la independencia de la Iglesia, si bien dentro de una estrecha simbiosis con el poder real, cuya autoridad atribuye a Dios. Esta simbiosis debía resolver los tradicionales problemas de la conversión del poder en tiranía, de las revueltas populares y las intrigas oligárquicas. La Iglesia aseguraría la paz pública con su predicación e influencia, manteniéndose leal al monarca. A su vez, el rey debía obrar con justicia y piedad, pues de otro modo se convertiría en tirano y podría ser excomulgado y legítimamente derrocado. Este pacto entre la Iglesia y los monarcas garantizaba, idealmente, la estabilidad del poder y la evitación de la tiranía. La realidad distaría a menudo del ideal.

También admitía Isidoro, y por lo demás el episcopado español, su subordinación al obispo de Roma, aun manteniendo hacia él cierta independencia de criterio, como revela el episodio de Braulio y el papa Honorio I. Este escribió en 637 a los prelados españoles urgiéndoles a demostrar mayor celo contra los judíos. Braulio, en nombre del clero hispano, contestó que la lentitud de las conversiones de judíos se debía a la necesidad de convencerlos mediante una constante predicación; y que ninguna persona, por grande que fuera su delito, podía recibir tales penas como las propuestas por el papa. Que debían de ser realmente crueles, porque la legislación visigoda contra los judíos ya era de por sí muy dura. Braulio incluso corregía algún error doctrinal del papa, que, por cierto, sería condenado posteriormente como hereje, debido a otras razones.

A Isidoro se debe asimismo la primera afirmación escrita conocida de la predicación de Santiago del Mayor en España. El hecho de que lo comentase meramente de pasada en una obra sobre los Apóstoles da a entender que se trataba de una tradición corriente y no discutida, cuyo origen desconocemos. Como ya quedó señalado, la predicación jacobea en España ha sido puesta en duda, básicamente por falta de documentación. Falta que no constituye una prueba, habiendo desaparecido infinidad de documentos cristianos, ya bajo el Imperio romano; y máxime para épocas en que los sucesos se transmitían sobre todo oralmente. No es posible dilucidar la veracidad de la tradición, pero en cualquier caso, ella iba a tener la mayor trascendencia religioso-política en los siglos posteriores.

En el orden intelectual, Isidoro fue ciertamente una de las figuras más relevantes de su tiempo en toda Europa. Braulio, su amigo y obispo de Zaragoza, lo consideró un hombre elegido por Dios para salvar a Hispania de la marea de barbarie tras la caída de Roma, y el aprecio que suscitaría, sin duda muy justificado, se mantendría en lo sucesivo (Aún hoy se le ha propuesto como patrón de la informática, precisamente por su concepción de las Etimologías)”.

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