“La hispanofobia de la izquierda española fue heredada de sus aliados nacionalistas durante la Guerra Civil”

Teniendo en cuenta los términos e ideas totémicas cuya negativa a aceptar es sospechosa a los ojos de los inquisidores de lo nacionalistamente correcto, llegamos a oír a varios representantes de los partidos políticos por acción u omisión, la aspiración al confederalismo, aspiración no sólo de algunos nacionalistas, sino compartida y defendida sobre todo por buena parte de la izquierda y por algún derechista.

Porque, efectivamente, parte del socialismo español no ha podido evitar la tentación de hacer suyos los planteamientos confederalistas de gran parte de los nacionalismos llamados moderados entre los que ya no se encuentra el catalán, al que incluso puede llegar a superar en aspiraciones disgregadoras la extrema izquierda.

Uno de los motivos profundos de esta postura, digno de un serio examen de conciencia que sigue teniendo pendiente la izquierda española, es su contaminación con una inexplicable repugnancia a la idea de la existencia de una nación española. Esta hispanofobia, única entre las izquierdas europeas, incapaces de comprender los escrúpulos que la izquierda española ha demostrado tener hacia su propia nación, ha sido heredada de sus aliados nacionalistas durante la Guerra Civil, de cuya terminación hace ya 80 años algunos socialistas no parecen haberse dado cuenta.

Este acercamiento a las tesis confederalistas viene a dar un empuje a las aspiraciones de aquellas opciones políticas que desean dar un nuevo paso en la suelta de amarras de esa indeseable nación española a la que la moda dice que no es progresista pertenecer.

Para los nacionalistas, la conversión de España en un Estado confederal sería la plasmación jurídica de su reivindicación de la inexistencia de la nación española. España, según esa teoría, es tan solo un Estado plurinacional que engloba en su seno varias naciones, éstas sí, verdaderas, a saber: la catalana, la gallega, la vasca y la castellana. Este reconocimiento, lógicamente, vendría a ser el paso previo a la exigencia del Estado independiente que aparecería como el derecho inalienable del que sería acreedora cada una de estas naciones, temporal y frágilmente unidas en el Estado confederal que serviría de transición no traumática hacia el Estado natural de independencia, hoy ya superado por Cataluña.

Pero es una lástima que no haya uniformidad en identificar cuales son estas neonaciones que unos dividen en cuatro, como el derechista Herrero de Miñón, quien nos divide en tres, dudando si incluir o no Galicia en la nación castellana. Jose Antonio Aguirre parecía tenerlo más claro cuando escribía en Nueva York durante la II Guerra Mundial sus artículos destinados a aclarar al desinformado público norteamericano la realidad de España:

– “La naturaleza real del problema ibérico consiste en que España no es una nación, sino varias.”

– “La Península Ibérica no es una unidad nacional y nunca lo será. Está constituida por cuatro grupos nacionales bien definidos, el español, el portugués-gallego, el catalán y el vasco.”

Ya lo saben los gallegos, pues: ellos no forman parte de la nación española, ni de la castellana en el caso que descartemos la posibilidad de que la española exista, sino de la portuguesa.

Los partidarios de la idea de que España es un Estado compuesto por la yuxtaposición de varias naciones, dan igual tres que cuatro, muestran un curioso talante impositivo que les lleva no sólo a reiterar hasta la náusea el hecho de que tal o cual de sus regiones sea una nación, sino que les molesta que tal o cual otra no tenga la misma consideración de sí misma. Y les gustaría imponerles dicha concienciación nacional, pero no por algún tipo de extraño altruismo nacionalista, sino porque, mientras no se consiga que los ciudadanos de esas nuevas naciones en las que han dividido artificialmente España admitan pertenecer a ellas, toda su imaginaria construcción nacional se viene abajo.

Un clarificador ejemplo es el de Cesáreo Rodríguez Aguilera de Prat, profesor de Ciencias Políticas de la Universidad de Barcelona, quien escribía en 1991 el siguiente lamento:

“La cuestión es que la España esctrictamente castellana no se reconoce como tal: la cuarta nación ignora serlo, pues sólo se concibe como española, definición que incluye a Cataluña, el País Vasco y Galicia. La disolución histórica de Castilla en España, complica, pues, la articulación de una armónica y consciente plurinacionalidad española”.

Y continúa proponiendo una solución para esta problemática obcecación de los castellanos en considerarse españoles:

“En teoría, cabría pensar en la posibilidad de ir creando una mentalidad social castellana a partir de la existencia de un Estado federal, ya que esto ayudaría a alumbrarla. El poder de un Estado castellano, miembro de la Federación española, acabaría moldeando, al menos en parte, una cierta conciencia de identidad cívica específica”.

Impagable explicación. A confesión de parte, exclusión de prueba. Con el fin de dar una coartada a las inventadas naciones gallega, vasca y catalana, la población de la llamada España castellana, todo el resto de Asturias a Tenerife, debería de dejar de sentirse española, nación al parecer inexistente, para empezar a sentirse parte de su verdadera nación, Castilla. Y si no quiere, habrá que obligarla, para lo que viene al pelo el Estado federal como instrumento de auténtico lavado de cerebro.

¿Queda claro para qué se quiere convertir España en un Estado confederal?

Enrique Area Sacristán

Teniente coronel de Infantería

Doctor por la Universidad de Salamanca.

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